Por desgracia, todos estos argumentos que tanto peso tenían en una índole como la suya, nada tenían que ver con la elevación de sentimientos y energía de resolución que distinguía a su hija. Doña Beatriz jamás se hubiera contentado con obedecer a su esposo, porque necesitaba respetarle y estimarle, y por otra parte, su condición era de aquellas que nunca aciertan a transigir con la injusticia y luchan sin tregua hasta el último momento. Los bienes de la tierra, los incentivos de la vanidad nunca habían fascinado sus ojos; pero estas disposiciones se habían fortificado en la soledad del claustro y en medio de su atmósfera religiosa, donde todos los impulsos de aquel alma generosa habían recibido un muy subido y frío temple. No parecía sino que en el borde de la eternidad, al cual estuvo asomada, su alma se había iniciado en los misterios de la nada que forma las entrañas de las cosas terrenas, y se había adherido con más ahinco a la pasión que la llenaba, fiel trasunto del amor celeste por su pureza y sinceridad. Sin embargo, la mudanza de ideas y el nuevo giro que al parecer tomaban los pensamientos de aquella madre tan cariñosa y con tanto extremo querida, afectaban su corazón, no atreviéndose a contradecirla en medio de sus padecimientos y no cabiendo en su memoria por otra parte más imagen que la del ausente don Álvaro. Este enemigo de nueva especie, con quien tenía que combatir, era ciertamente harto más temible que los atropellos y desafueros anteriormente empleados.
Tal era la situación de la familia de Arganza, cuando una tarde de verano estaban sentadas entrambas señoras en la misma sala, y a la misma ventana en que vimos por la primera vez a don Álvaro despedirse de la señora de sus pensamientos. Doña Blanca parecía sumida en la dolorosa distracción que experimentaba después de sus accesos, recostada sin fuerzas en un gran sillón de brazos. Su hija acababa de dejar y tenía a un lado el arpa con que había procurado divertir sus pesares, y sus ojos se fijaban en aquel sol que iba a ponerse, que había alumbrado la salida de don Álvaro de aquellos umbrales y que todavía no había traído el día del consuelo. Sus pensamientos, naturalmente, volaban a los tendidos llanos de Castilla en busca de aquel joven digno de más benigno destino, cuando de repente el galope de un caballo que pasaba por debajo de la ventana las sacó de sus meditaciones. Doña Beatriz se asomó rápidamente a la ventana; pero jinete y caballo doblaban la esquina en busca de la puerta principal, y sólo pudo percibir un vislumbre que parecía traerle a la memoria una figura conocida. Al punto las herraduras sonaron en el patio, y las pisadas de un hombre armado se oyeron en la escalera, poco distante del aposento. A poco rato entró Martina precipitada, y con el semblante de un difunto, dijo como sin saber lo que decía:
—Señora, es Millán...
La misma palidez de la criada se difundió instantáneamente por las facciones de su ama que, sin embargo, respondió:
—Ya sé lo que me trae, mi corazón me lo acaba de decir; que entre al instante.—La doncella salió, y a poco rato entró Millán por la puerta en que doña Beatriz tenía clavados los ojos, que parecían saltársele de las órbitas. Doña Blanca, toda alarmada, se levantó, aunque con mucho trabajo, y fué a ponerse al lado de su hija, y Martina se quedó a la puerta enjugándose los ojos con una punta de su delantal, mientras Millán se adelantaba con pasos inciertos y turbados hasta ponerse delante de doña Beatriz. Allí quiso hablar, pero se le anudó la voz en la garganta, y así alargó, sin decir una palabra, anillo y trenza. Toda explicación era inútil, porque ambas prendas venían manchadas de sangre. Martina, entonces, rompió en sollozos, y Millán tardó poco en acompañarla. Doña Beatriz tenía fija la misma mirada desencajada y terrible en el anillo y en la trenza, hasta que por último, bajando los ojos y exhalando un suspiro histérico, dijo con voz casi tranquila:
—Dios me lo dió, Dios me lo quitó; sea por siempre bendito.
Doña Blanca, entonces, se colgó del cuello de su hija y deshecha en lágrimas le decía:
—No, hija querida, no manifiestes esa tranquilidad que me asusta más que tu misma muerte. ¡Llora, llora en los brazos de tu madre! ¡Grande es tu pérdida! ¡Mira, yo también lloro, porque yo también le amaba! ¡Ay, quién no amaba aquel alma divina encerrada en tan hermoso cuerpo!
—Sí, sí, tenéis razón—exclamó ella apartándola—; pero dejadme: ¿y cómo murió, Millán? ¿Cómo murió, te digo?
—Murió desangrado en su cama, abandonado de todos, y aun de mí—respondió el escudero con una voz apenas articulada.