Con ellos pareció cobrar ánimos la enferma y salió por fin de la noche en que todos creyeron recoger su postrer suspiro; pero su ansiedad parecía mayor. El alba de un día lluvioso y triste comenzaba ya a colorear los vidrios de colores de las ventanas, cuando doña Blanca, asiendo la mano de su hija, le dijo con voz apagada:
—Hace muchos días que está pesando sobre mí una idea de la cual podrías tu librarme, y darme una muerte descansada y dulce.
—¡Madre mía!—respondió con efusión doña Beatriz—, mi vida, mi alma entera son vuestras. ¿Qué no haré yo porque lleguéis al trono del eterno contenta de vuestra hija?
—Ya sabes—continuó la enferma—que nunca he querido violentar tus inclinaciones... ¿cómo había de intentarlo en esta hora suprema, en que la terrible eternidad me abre sus puertas? Tu voluntad es libre, libre como la de los pájaros del aire; pero tú no sabes los recelos que llevo al sepulcro sobre tu porvenir y sobre la suerte de nuestro linaje...
—Acabad, señora—contestó doña Beatriz con dolorosa resignación—; que a todo estoy dispuesta.
—Sí—respondió la madre—, pero de tu pleno y entero consentimiento... Sin embargo, si el noble conde de Lemus no fuese ya tan desagradable a tus ojos, si hubiese desarmado tu severidad como ha desarmado la mía... El cielo sabe que mi fin sería muy sosegado y dichoso. Doña Beatriz arrancó entonces un doloroso suspiro de lo íntimo de sus entrañas y dijo: «¡Venga el conde ahora mismo, y le daré mi mano en el instante, delante de vos!»
—¡No, no!—exclamaron a un tiempo, aunque con distintos acentos la enferma y el abad de Carracedo que estaba sentado al otro lado de la cama—. ¡Eso no puede ser!
Doña Beatriz sosegó a entrambos con un gesto lleno de dignidad y en seguida replicó con calma y tranquilidad:—Así será porque tal es la voluntad de mis padres, en todo acorde con la mía propia. ¿Dónde está el conde?
Don Alonso hizo seña a un paje, que inmediatamente trajo al noble huésped. El abad mientras tanto había estado hablando vivamente y con enérgicos ademanes al señor de Arganza, y por los de éste se podía venir en conocimiento de que se excusaba con el enardecido monje. El conde de Lemus se llegó mesuradamente a la presencia de doña Beatriz y de su madre.
—Una palabra, señor caballero—dijo la joven apartándole a un extremo del aposento, donde habló con él un breve instante, al cabo del cual el conde se inclinó profundamente puesta la mano en el pecho, como en señal de asentimiento. Entonces volvieron delante del lecho de doña Blanca, y la doncella, dirigiéndose al abad, le dijo: