—¿Qué dudáis, padre mío? Mi voluntad es invariable, y sólo nos falta que pronunciéis las sagradas palabras.
El abad, oyendo esto, aunque con repugnancia y con el corazón traspasado de amargura a vista de aquel tremendo sacrificio, pronunció con voz ronca la fórmula del Sacramento, y ambos esposos quedaron ligados con aquel tremendo vinculo que sólo desata la mano de la muerte.
Tales fueron las bodas de doña Beatriz, en que sirvió de altar un lecho mortuorio y de antorchas nupciales los blandones de los sepulcros. Doña Blanca murió, por fin, aquella misma tarde; de manera que las lágrimas, los lamentos y los cánticos funerales venían a ser los himnos de regocijo de aquel día. ¡Raro y discordante contraste en cualquier otra ocasión semejante, consonancia íntima y perfecta de aquel desposorio cuyos frutos de amargura y desdicha debían de ser!
Doña Beatriz, en cuanto expiró su madre, se aferró a su cuerpo con tan estrecho y convulsivo abrazo, que hubo necesidad de emplear la fuerza para separarla de aquel sitio de dolor. El abad y don Alonso se quedaron solos por un momento delante del cadáver, todavía caliente.
—¡Pobre y angelical señora! Tu ciega solicitud y extremada ternura han labrado la desdicha de tu hija única. ¡La paz sea sobre tus restos! Pero vos—añadió volviéndose al señor de Arganza con el ademán de un profeta—, vos habéis herido el árbol en la raíz, y sus ramas no abrigarán vuestra casa, ni vos os sentaréis a su sombra, ni veréis sus renuevos florecer y verdeguear en vuestros campos. La soledad os cercará en la hora de la muerte, y los sueños que ahora os fascinan serán vuestro más doloroso torcedor.
Diciendo esto se salió de la sala, dejando como aniquilado a don Alonso, que cayó sobre un sitial, hasta que el de Lemus, echándole de menos, vino a sacarle de su abatimiento. Llevóselo en seguida, y dos o tres doncellas y un sacerdote entraron a velar el cadáver de aquella cuya grandeza y riquezas cabían ya en la estrechez y miseria del sepulcro.