Por tan extraños caminos el alma generosa y esforzada de doña Beatriz vino a sucumbir bajo el peso de su misma abnegación y a sacrificar el corto reposo que le brindaba el porvenir a una expiación soñada. Con tan raro concierto y eslabonamiento de circunstancias, a cuál más desdichadas, uno por uno se disiparon tantos sueños de ventura como habían mecido su florida primavera, y al despertar se encontró la esposa de un hombre cuya perversidad y vileza todavía estaban por manifestarse en su infernal desnudez. Los días de su gloria habían pasado y la corona se había caído de su cabeza; pero todavía le quedaba un consuelo en medio de tantos males, y era la esperanza de bajar temprano al sepulcro a reunirse con el verdadero esposo que había elegido en su juventud, y cuyos recuerdos por dondequiera la acompañaban, como la columna de fuego que guiaba a los israelitas por el desierto en mitad de la noche. Nadie mejor que ella sabía que las fuentes de la vida comenzaban a cegarse en su pecho con las arenas de la soledad y del desconsuelo, y que aquel alma impetuosa y ardiente, que sin cesar luchaba por romper su cárcel, acabaría, no muy tarde, por levantar el vuelo desde ella. Sus noches, desde la enfermedad de Villabuena, eran inquietas, y los sucesos posteriores habían aumentado su ansiedad y desasosiego. La muerte de su madre acababa de cerrar el círculo de soledad y desamparo en que empezaba a verse aprisionada, y estremecida su complexión con tantos golpes y trastornos, su respiración comenzaba a ser anhelosa; palpitaba a veces con violencia su corazón y sólo un torrente de lágrimas podía hacer cesar la opresión que sentía en aquellos momentos; otras veces sentía correr un fuego abrasador por sus venas y latir con violencia y por largo tiempo el pulso, exaltándose, al propio tiempo, su imaginación o cayendo en una especie de estupor que duraba a menudo muchas horas. Aquel cuerpo noble y bien formado, dechado de tantas gracias y cifra de tantas perfecciones, hacía tiempo que iba perdiendo la morbidez de sus formas y las alegres tintas de la salud. Las facciones se adelgazaban insensiblemente; el color pálido de la cara se hacía más notable por el subido carmín que coloreaba una pequeña parte de las mejillas; los ojos aumentaban en aquella clase de brillantez que pinta aun a los menos conocedores, que padecen el cuerpo y el espíritu a un tiempo mismo; y a estas señales físicas de un profundo padecimiento interior, se agregaba aquel paso rápido de la exaltación en las ideas y sentimientos, al desaliento y la melancolía, que indica tan claramente la unión íntima del cuerpo y del espíritu.
El otoño había sucedido a las galas de la primavera y a las canículas del verano, y tendía ya su manto de diversos colores por entre las arboledas, montes y viñedos del Bierzo. Comenzaban a volar las hojas de los árboles; las golondrinas se juntaban para buscar otras regiones más templadas y las cigüeñas, describiendo círculos alrededor de las torres en que habían hecho su nido, se preparaban también para su viaje. El cielo estaba cubierto de nubes pardas y delgadas, por medio de las cuales se abría paso de cuando en cuando un rayo de sol, tibio y descolorido. Las primeras lluvias de la estación que ya habían caído, amontonaban en el horizonte celajes espesos y pesados, que adelgazados a veces por el viento y esparcidos entre las grietas de los peñascos y por la cresta de las montañas, figuraban otros tantos cendales y plumas abandonados por los genios del aire en medio de su rápida carrera. Los ríos iban ya un poco turbios e hinchados, los pajarillos volaban de un árbol a otro sin soltar sus trinos armoniosos, y las ovejas corrían por las laderas y por los prados recién despojados de su hierba, balando ronca y tristemente. La naturaleza entera parecía despedirse del tiempo alegre y prepararse para los largos y obscuros lutos del invierno.
Las tres de la tarde serían, cuando en uno de estos días dos caballeros, armados de punta en blanco, descendían del puerto de Manzanal y entraban en la ribera frondosa de Bembibre. Llevaban calada entrambos la celada y sólo les seguía un escudero de facciones atezadas y cabello ensortijado. El uno de ellos, que parecía el más joven, llevaba una armadura negra, el escudo sin divisa y casco negro, también coronado de un penacho muy hermoso del mismo color, cuyas plumas tremolaban airosamente a merced del viento. Mucho debía importarle que no le conociesen, cuando bajo semejante disfraz se encubría. El otro, que por su cuerpo ligeramente encorvado y por la menor soltura de sus movimientos parecía un poco más anciano, era, sin duda, un templario, pues llevaba la cruz encarnada en el manto blanco y en el escudo los dos caballeros montados en un mismo caballo, que eran las armas de la Orden. A bastante distancia de estos dos personajes caminaban como hasta quince o veinte hombres de armas también con las divisas del Temple.
Era aquel día el que la Iglesia destina para la conmemoración de los difuntos, y las campanas de todos los pueblos llamaban a vísperas a sus moradores para orar por las almas de los suyos. Las mujeres acudían a la iglesia cubiertas con sus mantillas de bayeta negra, llevando cada una en su canasto de mimbres la acostumbrada ofrenda del pan y las velas de cera amarilla. Los hombres, envueltos en sendas y cumplidas capas, acudían también silenciosos y graves a la religiosa ceremonia.
Como en el Bierzo está y estuvo siempre muy diseminada la población, la proximidad de las aldeas hace que sus campanas se oigan distintamente de unas a otras. La hora de la oración que sorprende al cazador en algún pico elevado y solitario tiene un encanto y solemnidad indefinible, porque los diversos sonidos, cercanos y vivos los unos, confusos y apagados los otros, imperceptibles y vagos los más remotos, derramándose por entre las sombras del crepúsculo y por el silencio de los valles, recorren un diapasón infinito y melancólico, y llenan el alma de emociones desconocidas.
Caminaban nuestros dos viajeros de día muy claro, y de consiguiente carecía el paisaje y la música de las campanas de aquel misterio que la proximidad de la noche comunica a toda clase de escenas y sensaciones; pero, según el profundo silencio que guardaban, no parecía sino que aquellos lentos y agudos tañidos, que semejantes a una sinfonía fúnebre y general por la ruina del mundo, venían de todos los collados, de las llanuras y de los precipicios, embargaban profundamente su alma. ¿Quién sabe de dónde venían aquellos dos forasteros y si eran nativos de aquella tierra? ¿Quién sabe si aquellas voces de metal que ahora sólo hablaban de la muerte, habían entonado un himno de alegría el día de su nacimiento, les habían despertado en los días de fiesta con sus repiques y les traían entonces al pensamiento mil pasadas historias y recuerdos? Tal vez eran estas las ideas que en ellos se despertaban, pero no se las comunicaban uno a otro, y callados y absortos en sus meditaciones, caminaban a largo y tendido paso sin reparar en las miradas de aquellos sencillos campesinos. Por fin doblaron la cuesta de Congosto y siguieron el camino del Bierzo abajo.
Aquella misma tarde doña Beatriz, acompañada de todos sus criados y vasallos del pueblo de Arganza, había acudido a las exequias comunes de la gran familia de Cristo, y orado fervorosamente sobre la sepultura apenas cerrada de aquella madre que tanto había querido, y quería aún. También había rogado al Ser Supremo por el eterno descanso de aquel que le adoraba con fe tan profunda y cuyos huesos descansaban en tierra extraña lejos de los de sus padres y hermanos. En aquel día de común tristeza se representaban como en un animado panorama las cortas alegrías de su vida, las escenas de dolor que las habían seguido, el sepulcro que había devorado silenciosamente sus esperanzas terrenas, y la prisión de sus fatales lazos que sin cesar elevaban sus pensamientos en alas de la religión hacia las regiones de lo futuro. Con semejantes impresiones su corazón se había oprimido más que de costumbre, y acabados los oficios, había sentido la necesidad de respirar al aire libre, necesidad que por su violencia probaba muy bien el trastorno que su constitución iba sufriendo. Echó, pues, con su fiel Martina por una calle de árboles de las muchas que cruzaban el soto y huertas de la antigua y noble casa, y fatigada de su corto paseo, sentóse al pie de un nogal frondoso y acopado, por cuyo pie corría un arroyuelo manso y limpio, con sus orillas coronadas de trébol y hierbabuena. Allí, con el codo en las rodillas y la mejilla apoyada en la mano, seguían sus ojos aquellas diáfanas aguas con el aire abatido y desmayado que de continuo solía seguir a sus accesos más vivos. La fiel y cariñosa doncella, única tal vez que conocía a fondo los pesares de su señora y concebía serios temores sobre el fin de aquella fatal melancolía, se había apartado un poco, acostumbrada a respetar estos momentos de distracción y abandono que en medio de la sorda e interna agitación de doña Beatriz podían pasar por un verdadero descanso. La pobre muchacha no había querido separarse de su ama en la hora de la amargura, porque habiéndose criado en la casa, tenía por ella toda la ternura de una hermana junto con el respeto y sumisión completa, propios de su estado. Millán, establecido ya, y deseoso de coronar con el matrimonio sus sinceros amores, siempre había encontrado aplazamientos y dificultades, que si bien no eran muy de su gusto, siempre encontraban, sin embargo, disculpa a sus ojos, porque se hacía cargo de que si su amo viviese y hubiese menester su ayuda o compañía, bien podían esperar todas las Martinas del mundo hasta el día mismo del juicio. Sólo una cosa le afligía, y era ver que el alegre y vivo natural de la aldeana se había trocado un poco con tantos sustos y tristezas y que las rosas mismas de sus mejillas habían perdido sus vivos matices. Comoquiera, todavía conservaba su gracia y donaire, y sobre todo aquel excelente corazón con que de todos se daba a querer.
—Por fin hoy—decía para sí contemplando a su ama—estará un poco más a sus anchas la pobrecilla, porque el viejo y el otro pájaro andan por las montañas en no sé qué manejos. Dios me perdone, ya es mi amo y me ha regalado las arracadas y cadena que guardo en mi cofre, y, sin embargo, ni con ésas me pasa de los dientes para adentro. Es verdad que el que conoció a don Álvaro, por maldito que fuese su genio en ocasiones, bien creerá que este señor, con todo su condado y su fachenda, no le llega a la suela del zapato. Así me hubiera yo casado con él, como volar. No sé qué mal espíritu le metió a nuestra santa ama semejante terquedad en la cabeza en la hora de la muerte. ¡Dios la tenga en su gloria!; pero lo que es el amo, que no se moría y tenía el uso cabal de sus sentidos y potencias, no sé yo qué bien le salgan sus soberbias y fantasías. Bien oí yo lo que le dijo el abad de Carracedo, que por cierto no ha vuelto a poner aquí los pies desde entonces. En verdad, en verdad, que muchas veces he pensado en aquellas palabras, y que cuando veo cómo pasa las noches en claro mi señora y las congojas que le dan, no sé qué me da a mí también en el corazón. ¡Válgame Dios: y tan contentos como hubiéramos podido estar todos! No se lo demanden a quien tiene la culpa en el día del juicio.
Aquí llegaba la buena Martina en sus reflexiones, cuando sintiendo pasos detrás de sí volvió la cabeza y vió la abultada persona de Mendo que echando los bofes por andar de prisa, venía hacia ella con toda la idea de una novedad muy grande pintada en su espacioso y saludable semblante.