Rogóle entonces don Álvaro que le contase el fundamento de su orgullosa alegría, que era el haberse pasado a sus banderas don Pero Ponce de León y don Hernán Ruiz de Saldaña, no menos solicitados de la amistad que tenían con él asentada, que enojados de lo largo del sitio y de la pertinacia del rey. Con esta deserción quedaba tan enflaquecido el ejército real y tan pujante don Juan Núñez, que por fuerza tendría que avenirse el monarca al rigor de las circunstancias y aceptar las condiciones de su afortunado vasallo. Don Juan contó también a su prisionero la mala voluntad y encono que en toda España se iba concitando contra los templarios, y que sólo esperaba el rey a salir de aquella empresa para despojarles de todas sus haciendas y castillos, que todavía no habían querido entregar.

—¿Y es posible—exclamó por último—que un caballero como vos se aparte así de sus hermanos, sólo por defender una causa de todos desahuciada?

—Ya os lo dije otra vez—respondió don Álvaro con enojo—; el mundo entero no me apartará del sendero del honor; pero vos, os lo repito, encontraréis tal vez algún día en la punta de mi lanza el premio de esta prisión inicua e injusta que me hacéis sufrir.

—Si muero a vuestras manos—contestó Lara con templanza—no me deshonrará muerte semejante; pero por extraña que os parezca mi conducta, harto más negra se mostraría a mis ojos si no atara ese brazo que tanto había de sostener esa causa de indignidad y reprobación.

Diciendo esto cerró la puerta y desapareció. ¿Estaba realmente convencido de la culpabilidad de los templarios, o no eran sus palabras sino el fruto de la ambición y de la política? Ambas cosas se disputaban el dominio de su entendimiento, pues aunque su ambición era grande y su educación no le permitía acoger las groseras creencias del vulgo, al cabo tampoco sabía elevarse sobre el nivel de una época ignorante y grosera, que acogía las calumnias levantadas al Temple con tanta mayor facilidad cuanto más torpes y monstruosas se presentaban.

Puede decirse que entonces fué cuando, deshecha su última esperanza, empezó don Álvaro a sentir todos los rigores de su prisión. El conflicto en que según todas las apariencias iba a verse don Rodrigo su tío, espoleaba los ardientes deseos que de acudir en su socorro siempre tuvo, y últimamente llegó a pensar con cuidado en las asechanzas que durante su incomunicación absoluta con el mundo de afuera, pudieran armarse a doña Beatriz. En su mano estaban las llaves de su prisión: colgadas en la pared su armadura y espada; pero harto más le custodiaban y aprisionaban que con todos los cerrojos y guardianes del mundo. Sin embargo, más de una vez maldijo la ligereza con que había empeñado su fe, pues a no ser por ella, aun sujeto y aherrojado, tal vez hubiera podido hacer en provecho de su libertad lo que ahora ni siquiera de lejos se ocurría a su alma pura y caballerosa. Con tantas contrariedades y sinsabores, sus fuerzas cada vez iban a menos, en términos que Ben Simuel llegó a concebir serios temores, caso que aquella reclusión se dilatase por algún tiempo.

CAPÍTULO XXI