—En caso de asalto, tal vez no podría yo librar vuestra vida de los horrores del incendio y del pillaje: por eso pongo vuestra seguridad en vuestras manos. Por lo demás, quisiera saber si algo necesitais, para complaceros al punto.

Don Álvaro le dió las gracias, repitiendo, no obstante, su reto.

A la visita siguiente, Lara trajo sus armas al preso, diciéndole que el cerco se iba estrechando, y que si llegaban a dar el asalto, allí le dejaba con qué defenderse de los desmanes enemigos. Esta nueva prueba de confianza dejó muy obligado a don Álvaro, que por otra parte se veía regalado y agasajado de mil modos, restablecido ya de sus heridas.

Cuando se obligó a no intentar su evasión por ningún camino, hízole titubear un poco la memoria de doña Beatriz que a tantos peligros y maquinaciones dejaba expuesta; pero la fe ciega que en ella tenía depositada disipó todos sus recelos. En cuanto a la ayuda que pudiera proporcionar a su tío el maestre y a sus caballeros, la tenía él en su modestia por de poco valer, y como por otra parte los había dejado dueños de su castillo, no le afligía tanto por este lado el verse aherrojado de aquella suerte. Últimamente, como don Juan había incluído en las condiciones su única esperanza racional, que era la de que el rey echase de Tordehumos a su castellano de grado o por fuerza, no encontró reparo en ligarse de tan solemne manera.

Comoquiera, por más que tuviese a menos la queja y se desdeñase de pedir merced, no por eso dejaba de suspirar en el hondo de su pecho por los collados del Boeza y las cordilleras de Noceda, donde tan a menudo solía fatigar al colmilludo jabalí, al terrible oso y al corzo volador. Acostumbrado al aire puro de sus nativas praderas y montañas, inclinado por índole natural a vagar sin objeto los días enteros a la orilla de los precipicios, en los valles más escondidos y en las cimas más enriscadas; a ver salir el sol, asomar la luna y amortiguarse con el alba las estrellas, el aire de la prisión se le hacía insoportable y fétido, y su juventud se marchitaba como una planta roída por un gusano oculto. Por la noche veía correr en sueños todos los ríos frescos y murmuradores de su pintoresco país, coronados de fresnos, chopos y mimbreras que se mecían graciosamente al soplo de los vientos apacibles, y allá a lo lejos, una mujer vestida de blanco, unas veces radiante como un meteoro, pálida y triste otras como el crepúsculo de un día lluvioso, cruzaba por entre las arboledas que rodeaban un solitario monasterio. Aquella mujer, joven y hermosa siempre, tenía la semejanza y el suave contorno de doña Beatriz; pero nunca acertaba a distinguir claramente sus facciones. Entonces solía arrojarse de la cama para seguirla, y al tropezar con las paredes de su calabozo, todas sus apariciones de gloria se trocaban en la amarga realidad que le cercaba.

Con semejante lucha que su altivez le obligaba a ocultar y que por lo mismo se hacía cada vez más penosa, su semblante había ya perdido el vivo colorido de la salud, y Ben Simuel, que conocía la insuficiencia de toda su habilidad para curar esta clase de dolencias, sólo se limitaba a consejos y proverbios sacados de la Escritura, que no dejaban de hacer impresión en el ánimo de don Álvaro, naturalmente dado a la contemplación. Don Juan Núñez no parecía sino que empeñado mal su grado en tan odiosa demanda, quería borrar su conducta a fuerza de atenciones y de obsequios, tales, por lo menos, como eran compatibles con tan violento estado de cosas.

Continuaba el sitio, entre tanto, con bastante apremio de los sitiados, pues el rey no pensaba en cejar de su empeño hasta reducir a su rebelde vasallo. A no pocos señores, deudos y aliados de Lara, pesábales de tanto tesón, y en los demás, el miedo de ver crecer la autoridad real a costa de sus fueros y regalías, entibiaba de todo punto la voluntad; pero, de todos modos, nadie, hasta entonces, había desamparado los reales.

Un día, poco antes de amanecer, despertaron a don Álvaro el galope y relincho de los caballos, el clamoreo de trompetas y atambores, la gritería de la guarnición y de la gente de afuera, el crujir de las cadenas de los puentes levadizos, los pasos y carreras de los hombres de armas y ballesteros, y, finalmente, un tumulto grandísimo dentro y fuera del castillo. Por último, las voces y la confusión y estruendo, se oyeron en los patios interiores de la fortaleza, y don Álvaro, que creyendo trabado el combate, iba ya echar mano a sus armas, se mantuvo a raya, no poco sorprendido de no oir el martilleo de las armas, los lamentos e imprecaciones del combate y aquella clase de desorden temeroso y terrible que nunca deja de introducirse en un puesto ganado por asalto. Las voces, por el contrario, parecían ser de concordia y alegría, y al poco rato ya no se oyó más que aquel sordo murmullo que nunca deja desprenderse de un gran gentío. De todo esto, coligió don Álvaro que, sin duda, don Juan había hecho con el rey algún concierto honroso, y que sus huestes habían entrado amigablemente y de paz en la fortaleza. Causóle gran alegría semejante idea, y con viva impaciencia, se puso a aguardar la visita de cualquiera de sus dos alcaides, paseándose por su calabozo apresuradamente. Poco tardó en satisfacerse su anhelo, porque en cuanto fué de día claro, entró don Juan Núñez en la prisión con el rostro radiante de júbilo y orgullo, y el continente de un hombre que triunfa de las dificultades a fuerza de perseverancia y arrojo.

—No, no es el linaje de los Laras el que sucumbirá delante de un rey de Castilla; no está ya en su mano apretarme en Tordehumos, ni aun parar delante de sus murallas dentro de algún tiempo. Ahora aprenderá a su costa ese rey mozo y mal aconsejado a no despreciar sus ricos hombres, que valen tanto como él.

Estas fueron las primeras palabras que se vertieron de la plenitud de aquel corazón soberbio, y que al punto dieron en tierra con los vanos pensamientos y esperanzas de don Álvaro. Lara, vuelto en sí de aquel arrebato de gozo, y viendo nublarse la frente de su prisionero, se arrepintió de su ligereza y le dió mil excusas delicadas y corteses de haberle anunciado de aquella manera una nueva que, naturalmente, debía contristarle.