Buen cuidado tuvo el pérfido don Juan ocultarle la segunda parte de su trama infernal, pues sobrado conocía que si Lara llegaba a columbrar que se trataba de hacer violencia a una dama como doña Beatriz, al momento mismo y sin ningún género de rescate, hubiera soltado a don Álvaro para que con su espada cortase los hilos de tan vil intriga. Así, pues, con el color del público bien se decidió don Juan Núñez a una acción que tan amargos resultados debía producirle más adelante; pero, sin embargo, no se resolvió del todo sin intentar antes los medios de la persuasión, más por satisfacerse a sí propio, que con la esperanza de coger fruto. El resultado de sus esfuerzos fué el que vimos; y en la misma noche Ben Simuel preparó un filtro con que todas las funciones vitales de don Álvaro se paralizaron completamente. En tal estado entró por una puerta falsa, y desgarrando los vendajes de don Álvaro y regando la cama con sangre preparada al intento, facilitó la escena que ya presenciamos y que tanto afligió al buen Millán, desasosegando también al principio al mismo Lara con la tremenda semejanza de la muerte. Nada, pues, más natural que su resistencia a soltar el supuesto cadáver que en la noche después de sus exequias fué trasladado por don Juan y su físico a un calabozo muy hondo que caía bajo uno de los torreones angulares, el menos frecuentado del castillo. Allí le sujetaron fuertemente y le dejaron solo para que al recobrar el uso de sus sentidos no recibiese más impresiones que las que menos daño le trajesen en medio de la debilidad producida por un tan largo parasismo.
Don Álvaro volvió en sí muy lentamente, y tardó largo espacio de tiempo en conocer el estado a que le habían reducido. Vió la obscuridad que le rodeaba; pero pensó que sería de noche; pero luego al hacer un movimiento, sintió los grillos y esposas que le sujetaban pies y manos, y al punto cayó en la cuenta de su situación. Sin embargo, con la ayuda de un rayo de luz que penetraba por un angosto y altísimo respiradero abierto oblicuamente en la pared, vió que su cama era muy rica y blanda, y algunos taburetes y sitiales que había por allí esparcidos, contrastaban extrañamente con la desnudez de las paredes y la lobreguez del sitio. Sus heridas estaban vendadas con el mayor cuidado, y en un poyo cerca de la cama había preparada una copa de plata con una bebida aromática. La estrechez a que lo reducían, junto con unas atenciones tan prolijas, era una especie de contradicción propia para desconcertar una imaginación más entera y reposada que la suya.
Entonces un ruido de pasos que se sentía cerca y que parecían bajar una empinada escalera de caracol vino a sacarle de sus desvaríos. Abrieron una cerradura, descorrieron dos o tres cerrojos, y por fin entraron por la puerta dos personas, en quienes, a pesar de su debilidad, reconoció al instante a Lara y al rabino, su físico. Traía el primero en la mano una lámpara y un manojo de llaves; y el segundo una salvilla con bebidas, refrescos y algunas conservas. Don Juan entonces se acercó al prisionero con visible empacho y le dijo:
—Don Álvaro, sin duda os maravillará cuanto por vos está pasando; pero la salud de Castilla lo exige así y no me ha sido dable obrar de otra manera. Sin embargo, una sola palabra vuestra os volverá la libertad: renunciad a la alianza del Temple y sois dueño de vuestra persona. De otra suerte, no saldréis de aquí, porque sabed que estáis muerto para todo el mundo, menos para Ben Simuel y para mí.
Como don Álvaro había perdido la memoria del día anterior a causa de su debilidad, no dejó de recibir sorpresa al ver entrar a Lara y a su físico; pero entonces todo lo percibió de una sola ojeada y con aquel sacudimiento recobró parte de su energía y fortaleza. Así, pues, respondió a don Juan:
—No es este el modo de tratar a los caballeros como yo, que en todo son vuestros iguales, menos en la ventura, y mucho menos el de arrancarme un consentimiento que me deshonraría. De todo ello, don Juan Núñez, me daréis cuenta a pie o a caballo, en cuanto mi prisión se acabe.
—En eso no hay que dudar—respondió Lara con sosiego—; pero mientras tanto quisiera proceder como quien soy con vos y haceros más llevaderos los males de esta prisión, que sólo la fuerza de las circunstancias me obliga a imponeros. Dadme, pues, vuestra palabra de caballero de que no intentaréis salir de este encierro, mientras yo no os diere libertad o mientras a viva fuerza o por capitulación mía, no tomasen este castillo.
Don Álvaro se quedó pensativo un rato, al cabo del cual respondió:
—Os la doy.
Lara entonces le soltó grillos y esposas y además le entregó las llaves del calabozo diciéndole: