—¡Ese peso más sobre mi conciencia culpable!—exclamó el señor de Arganza, tapándose la cara con ambas manos—, ¿también se perderá por mí un caballero tan cumplido? ¡Ay, todas las aguas del Jordán no me lavarían de mi culpa!

Doña Beatriz apuró en vano por un rato todos los recursos de su ingenio y todo el tesoro de su ternura para distraer a su padre de su pesar. Por fin, ya obscurecido, volvieron los dos a casa seguidos de la pensativa Martina, que con las escenas de aquella tarde andaba muy confusa y pesarosa. Al llegar se encontraron a varios criados que venían en su busca; pues aunque el conde les había dicho que los caballeros venían de paz y que su cólera había sido injusta, añadiéndoles, además, que no perturbasen la plática de su amo, con la tardanza comenzaban a impacientarse y no quisieron aguardar a más.

El conde, por su parte, deseoso de evitar las desagradables escenas que no hubieran dejado de ocurrir con su suegro y su esposa, salió precipitadamente para Galicia, dejando al tiempo y a su hipocresía el cuidado de soldar aquella quiebra; determinación que, como presumirán nuestros lectores, no dejó de servir de infinito descanso a padre y a hija en la angustia suma que les cercaba. ¡Triste consuelo el que consiste en la ausencia de aquellas personas que, debiendo sernos caras por los lazos de la naturaleza, llegan a convertirse a nuestros ojos, por un juego cruel del destino, en objeto de desvío y de odio!

CAPÍTULO XX

Nuestros lectores nos perdonarán si les obligamos a deshacer un poco de camino para que se enteren del modo con que se prepararon y acontecieron los extraños sucesos a que acaban de asistir. Muévenos a ello, no sólo el deseo de darles a conocer esta verdadera historia, sino el justo desagravio de un caballero que, sin duda, les merecerá mala opinión, y que, sin embargo, no estaba tan desnudo de todo buen sentimiento como tal vez se figuran. Este caballero era don Juan Núñez de Lara.

Quien quiera que vea su propensión a la rebelión y desasosiego, su amistad con el infante don Juan, y su desagradecimiento a los favores y mercedes del rey, fácilmente se inclinará a creer que semejantes cualidades serían bastantes para sofocar cuantos buenos gérmenes pudiesen abrigarse en su alma; sin embargo, no era así don Juan Núñez; revoltoso, tenaz y desasosegado, no había faltado, a pesar de todo, a las leyes sagradas del honor y de la caballería. Así fué que cuando don Álvaro cayó en sus manos, ya vimos la cortesía con que comenzó a tratarle y el agasajo con que fué recibido en su castillo de Tordehumos; sobrevinieron a poco las pláticas con el infante sobre las bulas de Bonifacio, a propósito del enjuiciamiento de los templarios, y allí determinó el pérfido y antiguo maquinador a don Juan Núñez a separar de una manera o de otra a don Álvaro de la alianza de los caballeros, bien persuadidos ambos de que su causa recibiría un doloroso golpe, especialmente en el Bierzo. Bien hubiera querido el infante que el tósigo o el puñal le desembarazasen de tan terrible enemigo; pero su ligera indicación encontró tal acogida, que ya vimos a don Juan Núñez sacar la espada para dar la respuesta. Por lo tanto, hubo de recoger velas con su astucia acostumbrada, y aun así, lo único que alcanzó fué que diesen al señor de Bembibre un narcótico con el cual pasase por muerto, y que entonces lo aprisionasen estrecha y cautelosamente hasta que roto y vencido el enemigo común pudiese volver a la luz un caballero tan valeroso y afamado.