—No lloréis, porque mi intento se me logrará sin duda. Dicen que amenaza a esta milicia inminente destrucción. No lo creo, pero si así fuese, ¿cómo podréis extrañar que yo sepulte las ruinas de mi esperanza bajo estas grandes y soberbias ruinas? Y luego, ¿no sois vos harto más desgraciada que yo? Pensad en vuestros dolores, no en los míos... Adiós, no os pido que me deis a besar vuestra mano, porque es de otro dueño, pero vuestro recuerdo vivirá en mi memoria a la manera de aquellas flores misteriosas que sólo abren sus cálices por la noche sin dejar de ser por eso puras y fragantes. Adiós...
Don Alonso le hizo una señal con la mano para que acortase tan dolorosa escena.
—Sí, sí; tenéis razón. Adiós para siempre, porque jamás ¡oh, jamás volveremos a encontrarnos!
—Sí, sí—respondió ella con religiosa exaltación levantando los ojos y las manos al cielo—; ¡allí nos reuniremos sin duda!
Al acabar estas palabras se arrojó en los brazos de su padre, y don Álvaro, sin detenerse a más, montó de un brinco en su caballo y metiéndole los acicates, desapareció como un relámpago, seguido del comendador y su tropa. Cuando ya se desvaneció el ruido que hacían, doña Beatriz se enjugó los ojos, y apartándose suavemente de los brazos de su padre, se puso a mirar el semblante alterado del anciano, que clavados los ojos en el suelo y pálido como la muerte, parecía haber comprendido de una vez el horror de su obra. Conociólo su generosa hija, y acercándose a él con semblante apacible y casi risueño, le dijo:
—Vamos, señor, sosegaos. ¿Quién no ha pasado en el mundo penalidades y trabajos? ¿No sabéis que es tierra de paso y campo de destierro? El tiempo trae muchas cosas buenas consigo, y Dios nos ve sin cesar desde su trono.
—¡Ojalá que no me viera a mí!—repuso el anciano meneando la cabeza—; ¡ojalá que ni sus ojos ni los míos penetrasen en las tinieblas de mi conciencia! ¡Hija mía! ¡Hija de mi dolor! ¿Y soy yo el que te he entregado a ti, ángel de luz, en los brazos de un malvado? Sí, tú puedes estar serena, porque tu sacrificio te ensalzará a tus ojos y te dará fuerzas para todo; pero yo, miserable de mí, ¿con qué me consolaré? Yo, parricida de mi única hija, ¿cómo encontraré perdón en el tribunal del Altísimo?
—¡Qué queréis!—le dijo doña Beatriz—: ¡vos buscabáis mi felicidad y no la habéis encontrado; os engañaron como a mí!... ¡resignémonos con nuestra suerte, porque Dios es quien nos la envía!
—No, hija mía; no te esfuerces en consolarme; pero tú no serás de ese indigno; yo iré al rey, yo iré a Roma a pie con el bordón de peregrino en la mano, yo me arrojaré a las plantas del pontífice y le pediré que te vuelva tu libertad, que deshaga este nudo abominable...
—Guardáos bien de poner vuestra honra en lenguas del vulgo—repuso doña Beatriz con seriedad—. Además, padre mío, ¿de qué me serviría ya la libertad? ¿No habéis oído que pasado mañana será ya templario?