—¿No sabéis nada de las circunstancias que acompañaron las bodas de mi hija?
—No, a fe de caballero—respondió él.
Don Alonso se volvió entonces a su hija y, mirándola con una mezcla inexplicable de tristeza y de ternura, dijo a don Álvaro:
—Todo lo vais a saber.
—¡Oh, no, padre mío! Dejadle con sus juicios temerarios; tal vez se curen con el cauterio del orgullo las llagas de su alma. ¡Pensad que vais a hacerle más infeliz!
—¡El orgullo, doña Beatriz!—replicó el contristado caballero—. Mi orgullo érais vos, y mi humillación vuestra caída.
—No, hija mía—repuso don Alonso—: bien me lo predijo el santo abad de Carracedo; pero la venda no había caído hasta hoy de mis ojos. ¿Qué importa que me cubras con el manto de tu piedad, si no has de acallar por eso la voz de mi conciencia?
Entonces contó por menor a don Álvaro, y pintándose con negros colores, todas las circunstancias del sacrificio de doña Beatriz y las amenazas del abad de Carracedo, que tan tristemente comenzaban a cumplirse aquel día. La conducta del anciano había sido realmente culpable; pero el oro, la gloria y el poder del mundo juntos no le hubieran movido a entregar su hija única en los brazos de un hombre tan manchado. El noble proceder de la joven, su desinterés en cargar con tan grave culpa como la que su amante le imputaba sólo para que más fácilmente pudiera consolarse de la pérdida de su amor, creyéndola indigna de él; aquella abnegación imponderable, decimos, había acabado de desgarrar las entrañas del anciano, que terminó su relación entre lamentos terribles y golpeándose el pecho. Quedáronse todos en un profundo silencio, que duró un gran espacio, hasta que don Álvaro dijo con un profundo suspiro:
—Razón teníais, doña Beatriz, en decir que semejante declaración me haría más desdichado. Dos veces os he amado y dos os pierdo. ¡Dura es la prueba a que la providencia me sujeta! Sin embargo, el cielo sabe cuán inefable es el consuelo que recibo en veros pura y resplandeciente como el sol en mitad de su carrera. No nos volveremos a ver, pero detrás de las murallas del Temple me acordaré de vos...
Doña Beatriz rompió otra vez en amargo llanto viéndole persistir tan tenazmente en su resolución, y él añadió: