—¿Y no habéis visto extinguirse otras cosas aún más nobles, más esclarecidas y más santas? ¿No habéis visto la estatua de la fe volcada de su pedestal, apagarse las estrellas y caer despeñadas del cielo, y quedarse el universo en medio de una noche profunda? Tal vez vuestros ojos no hayan sido testigos de estas escenas; pero yo las he presenciado con los de mi alma, y no los puedo apartar de ellas.

—¡Oh, sí!—replicó doña Beatriz—. Despreciadme, escarnecedme, decid que os he engañado traidoramente, arrastradme por el suelo; pero no toméis el hábito del Temple. ¿Sabéis vos las tragedias de Francia? ¿Sabéis el odio que se ha encendido contra ellos en toda la cristiandad?

—¿Qué queréis? Eso cabalmente me ha determinado a seguir su bandera. ¿Pensáis que soy yo de los que abandonan a los desgraciados?

—Está bien, heridme, heridme en el corazón con los filos de vuestras palabras: yo no me defenderé; ¡pero sed hombre, luchad con vuestro dolor y no estanquéis la sangre ilustre que corre por vuestras venas!

—Os cansáis en vano, señora; tengo empeñada mi palabra al comendador.

—Verdad es—repuso el anciano, conmovido—; pero recordad que yo no la acepté, porque la disteis en un arrebato de dolor.

—Pues ahora la ratifico. ¿Qué poder tienen para apartarme de mi propósito tan especiosos argumentos, ni qué interés puede tomarse en mi destino la poderosa condesa de Lemus?

Doña Beatriz, abrumada por tan terribles golpes, no respondió ya sino con sordos y ahogados gemidos. Don Álvaro, cuyo pecho lastimado se movía al impulso de encontradas pasiones como el mar al soplo de contrarios vientos, exclamó entonces fuera de sí, con la expresión del dolor más profundo:

—¡Beatriz! ¡Beatriz! Justificaos, decidme que no me habéis vendido: ¡mi corazón me está gritando que no habéis menester mi perdón! Corred ese velo que os presenta a mis ojos con las tintas de la maldad y la bajeza.

Adelantóse entonces el señor de Arganza con continente grave y dolorido, y preguntó a don Álvaro: