Al acabar estas palabras hizo una señal al paje o esclavo que le acompañaba, y él, asiendo un cuerno de caza que a la espalda traía, pendiente de una bordada bandolera, lo aplicó a los labios y sacó de él tres puntos agudos y sonoros que retumbaron a lo lejos. Al instante mismo y semejante a un cercano temblor de tierra, se oyó el galope desbocado de varios caballos de guerra, y no tardó en aparecer la guardia que vimos atravesar la ribera de Bembibre detrás de nuestros caballeros. Habíanse quedado cubiertos con unos árboles y setos cerca de la reja del cercado, con orden de impedir que la cerrasen y de acudir a la primera señal. Mendo, en medio de su priesa, no pensó en atajarles la entrada, y por consiguiente ninguno de los circunstantes podía prever semejante suceso. Los hombres de armas del Temple, superiores en número, harto mejor armados que sus enemigos y montados, además, en arrogantes caballos, se mostraron a los ojos de aquellas gentes, tan de súbito, que no se les figuró sino que por una de las diabólicas artes que ejercían los caballeros, la tierra los había vomitado y una legión de espíritus malignos venía detrás de ellos en su ayuda. Dieron, pues, a correr por el bosque, con desaforados gritos, invocando todos los santos de su devoción; en cuanto al conde, no se movió, porque aunque el peligro que le amenazaba era de los inminentes después del ruin comportamiento que acababa de observar, su orgullo no pudo avenirse a la idea de la fuga. Quedóse, por lo tanto, mirando con altanería a sus enemigos, como si los papeles estuviesen trocados.

—Y ahora, don villano—le dijo Saldaña con ira—, ¿qué merced esperáis de nosotros, si no es que con una cuerda bien recia os ahorquemos de una escarpia del castillo de Ponferrada, para que aprendan los que os asemejan a respetar las leyes de la caballería?

—Eso hubiera hecho yo con vosotros, de haberos tenido entre mis manos—respondió él con frialdad—; no me quejaré de que me paguéis en mi moneda.

—Vuestra moneda no pasa entre los nobles. Id en paz, que en algo nos habemos de diferenciar—dijo don Álvaro—; pero tened entendido que si como caballero y señor independiente no he aceptado vuestro reto, me encontraréis en la demanda del Temple, porque desde mañana seré templario.

Un relámpago de feroz alegría brilló en las siniestras facciones del conde, que respondió:

—Allí nos encontraremos, y vive Dios que no os escaparéis de entre mis garras como os escapáis ahora, y que los candados que os echaré no se abrirán tan pronto como los de Tordehumos y su traidor castellano.

Con estas palabras se alejó dirigiéndoles una mirada de despecho, y sin encontrar con las de su suegro ni su esposa, que no fué poca fortuna, porque, sin duda aquel alma vil se hubiera gozado en la especie de estupor que le causó la terrible declaración de don Álvaro.

—¿Es un sueño lo que acabo de escuchar?—repuso la desdichada mirándole con ojos extraviados y con el color de la muerte en las mejillas—. ¿Vos? ¿Vos templario?

—¿Eso dudáis?—contestó él—. ¿No os lo había dicho vuestro corazón?

—¡Ah! ¿Y vuestra noble casa—repuso doña Beatriz—, y vuestro linaje esclarecido, que en vos se extingue?