—Está bien—replicó el conde—; conozco vuestro ardid, pero eso no os valdrá. ¡Ah, valerosos vasallos!—continuó volviéndose al grupo—, atadme al punto a esos embaidores como rebeldes y traidores al rey don Fernando de Castilla: señor de Bembibre, comendador Saldaña, presos sois en nombre de su autoridad.

—Ninguno de los míos se mueva—repuso don Alonso—, o le mandaré ahorcar del árbol más alto del soto.

Pero era el caso que, entre todos los circunstantes, sólo tres o cuatro eran criados del señor de Arganza; los demás pertenecían a la hueste del conde, y avezados a cumplir puntualmente toda clase de órdenes, se preparaban a obedecer también la que ahora recibían. Aunque no pasaban de una docena, parecían gente resuelta y estaban medianamente armados, de manera que guiados y acaudillados por una persona de valor como su señor, no era difícil que diesen en tierra con dos solos caballeros, anciano el uno, y el otro, aunque joven, escaso de fuerzas a juzgar por sus semblante. Estaban, además, en medio de un coto cercado de paredes y a pie, con lo cual toda huída parecía imposible, pero no por eso se mostraban dispuestos a rendirse, sin emprender una vigorosa defensa. Don Alonso, viendo la inutilidad de sus protestas, se había puesto al lado de los recién venidos con ánimo, al parecer, de ayudarles; pero desarmado como estaba, fácil hubiera sido a las gentes de su yerno apartarlo a viva fuerza del lugar del combate.

Doña Beatriz, entonces, se levantó, y poniéndose por medio de los encarnizados enemigos, dijo al conde con tranquila severidad:

—Esos caballeros son iguales a vos y ninguna autoridad podéis ejercer sobre ellos. Además, las leyes de la caballería prohiben hacer uso de la fuerza entre personas cuyos agravios tienen a Dios y a los hombres por jueces. Sed noble y confesad que un arrebato de cólera os ha sacado del camino de la cortesía.

—El rey ha mandado prender a todos los caballeros del Temple y a cuantos les prestaren ayuda, y yo, a fuer de vasallo, sólo estoy obligado a obedecerle.

—Como obedecisteis a su noble madre cuando el asunto de Monforte—exclamó el templario con amargura.

—Además, señora—prosiguió el conde, como si no hubiese sentido el tiro—, sin duda se os olvida que no estáis en vuestro lugar rogando por vuestro amante, con quien os encuentro sola y en sitios desusados.

—No es a mí a quien deshonran esas sospechas—respondió ella con dulzura—, porque sabe el cielo que ni con el pensamiento os he ofendido, sino al pecho ruin que las da calor y origen. De todas maneras, os perdono, sólo con que no hostiguéis a esos nobles caballeros.

—No os dé pena de nosotros, generosa doña Beatriz—respondió el comendador—; este debate se acabará sin sangre, y nosotros seremos los dueños de ese ruin y mal caballero.