—¡Ah, don Juan Núñez!—murmuró el conde en voz baja, víctima todavía de su sorpresa.
—¿Todavía os quejáis de él?—contestó don Álvaro con el mismo tono irónico—. Ingrato sois, por vida mía, porque en los seis meses que ha durado mi sepultura, me han dicho que habíais alcanzado el logro de vuestros afanes y casádoos con doña Beatriz; de manera que, siendo ya tan poderoso, y destruídos los templarios, casi podíais coronaros por rey de Galicia. Sin embargo, si he llegado antes de tiempo y en ello os doy pesar, me volveré a mi delicioso palacio hasta que para salir me vaya orden vuestra. ¿Qué no haré yo por granjearme la voluntad de un caballero tan cumplido, con los caídos tan generoso, con los fuertes tan franco y tan leal?
Don Alonso y su hija, como si asistiesen a un espectáculo del otro mundo, estaban escuchando, mudos y turbados, estas palabras con que comenzaban a distinguir el cúmulo de horrores y perfidias que formaban el nudo de aquel lamentable drama. Por fin, don Alonso, dando treguas al tumulto de sensaciones que se levantaba en su pecho, dijo al conde:
—¿Es cierto lo que cuenta don Álvaro? Porque no os habéis asustado de verle, sino de verle aquí: ¿es cierto que yo, mi hija, y todos nosotros somos juguetes de una trama infernal?
El conde, irritado ya con la ironía de don Álvaro, sintió renacer su orgullo y altanería, viéndose de esta suerte interrogado:
—De mis acciones, a nadie tengo que responder en este mundo—contestó con ceño el señor de Arganza—. En cuanto a vos, señor de Bembibre, declaro que mentís como villano y mal nacido que sois. ¿Quién sale garante de vuestras mal urdidas calumnias?
—En este sitio, yo—respondió el comendador descubriendo su venerable y arrugado rostro-; en Castilla, don Juan de Lara, y en todas partes y delante de los tribunales del rey estos papeles—añadió mostrando unos que se encerraban en una cartera.
—¡Ah, traidor!—exclamó el conde desenvainando la espada y yéndose para don Álvaro—. Aquí mismo voy a lavar mi afrenta con tu sangre. Defiéndete.
—Deteneos, conde—le replicó don Alonso metiéndose por medio—, estos caballeros están en mi casa y bajo el fuero de la hospitalidad. Además no es ésta injuria que se lave con un reto obscuro, sino que debéis pedir campo al rey en presencia de todos los ricos hombres de Castilla y limpiar vuestra honra, harto obscurecida por desgracia.
—Debéis pensar también—replicó gravemente don Álvaro—, que el presente es caso de menos valer, y que habiendo descendido con vuestro atentado a la clase de pechero, ni sois ya mi igual ni puedo medirme con vos.