Cuando don Álvaro y el comendador sintieron ya cerca el tropel, como de común acuerdo se calaron la celada, y como dos estatuas de bronce aguardaron la llegada. El primero que asomó su ancha carota y su cuerpo de costal fué el buen Mendo, que muy pagado de su papel, no quería ceder a nadie la delantera. Venía todo sofocado y sin aliento y sudando por cada pelo una gota.

—¡Martina! ¡Martina!—dijo en cuanto llegó—, y el ama, ¿qué han hecho de ella?...

La muchacha le señaló a doña Beatriz con el dedo, y le dijo en voz baja con cólera:

—¡Desgraciado y necio de ti!, ¿qué es lo que has hecho?

En tanto llegaron todos, y mientras don Alonso y su yerno se encaraban con los forasteros, sus criados se fueron extendiendo en corro alrededor de ellos, contenidos y enfrenados por su actitud imponente y reposada. Adelantóse el conde entonces con su altanera cortesía, y dirigiéndose al de las armas negras le dijo:

—¿Me perdonaréis, caballero, que os pregunte el motivo de tan extraña visita y os ruegue que me descubráis vuestro nombre y semblante?

—Soy—respondió él levantando la visera—don Álvaro Yáñez, señor de Bembibre, y venía a reclamar de doña Beatriz Ossorio el cumplimiento de una palabra ya hace algún tiempo empeñada.

—¡Don Álvaro!—exclamaron a un tiempo los dos, aunque con distinto acento y expresión, porque la exclamación del de Arganza revelaba el candor y la sinceridad de su asombro, al paso que la del conde, manifestaba a un tiempo despecho, asombro, vergüenza y humillación. Había dado dos pasos atrás, y desconcertado y trémulo añadió:—¡Vos aquí!

—¿Os sobrecoge mi venida?—contestó don Álvaro con sarcasmo—; no me maravilla a fe: vos contábais con que la muerte o la vejez por lo menos, me cogiese en el calabozo que me dispuso vuestra solicitud y la de vuestro amigo el generoso infante don Juan, ¿no es verdad?