—Sosegaos, señora—contestó el anciano—; la fuga nos deshonraría mucho más a todos, y en cuanto a vuestra honra, nadie dudará de ella cuando ponga por garante estas canas.

El ruido se oía ya más cerca, y las muchas voces y acalorada conversación parecían indicar alguna resolución enérgica y decidida.

—Bien veis que ya es tarde—dijo entonces don Álvaro—; pero sosegaos—añadió con sonrisa irónica—, que no es este el lugar y mucho menos la ocasión de la sangre.

Doña Beatriz, viendo la inutilidad de sus esfuerzos, rendida y sin ánimo, se había dejado caer al pie del nogal que sombreaba el arroyo.

CAPÍTULO XIX

Como presumirán nuestros lectores, el necio apuro del caballerizo era la causa de este desagradable accidente, pues en cuanto se despidió de los forasteros echó a correr a la casa, esparciendo una alarma que ninguna clase de fundamento tenía. Por casualidad el conde y su suegro, a quienes no se esperaba aquel día, habían dado la vuelta impensadamente, y encontrando sus gentes un poco azoradas y en disposición de acudir al soñado riesgo de su señora, se encaminaron allá con ellos, un poco recelosos por su parte, pues la guerra implacable y poco generosa que hacían a los templarios en la opinión y los preparativos de todo género en que no cesaban un punto, les daban a temer cualquier venganza o represalias.