—Don Álvaro—le interrumpió el templario—; ¿cómo os olvidáis así de vos mismo y ultrajáis a una dama?
—Dejadle, noble anciano—repuso doña Beatriz—; razón tiene para enojarse y aun para maldecir el día en que me vió por vez primera. Don Álvaro—prosiguió dirigiéndose a él—, Dios juzgará en su día entre los dos, porque él es el único que tiene la llave de mi pecho, y a sus ojos no más están patentes sus arcanos. Sólo os ruego que me perdonéis, porque mi vida sin duda será breve, y no quisiera morir con el peso de vuestro odio encima de mi corazón. Adiós, pues; idos pronto, porque vuestra vida y tal vez mi honra están peligrando en este punto en que nos despedimos para siempre, y en que de nuevo os ruego que me perdonéis, y os olvidéis de quien tan mal premio supo dar a vuestra acendrada hidalguía.
Estas palabras, pronunciadas con tanta modestia y dulzura, pero en que vibraba una entonación particular, parecían revelar a don Álvaro, en medio de su pesadumbre y su cólera, el inmenso sacrificio que aquella dulce y celestial criatura se imponía. El metal de su voz tenía a un mismo tiempo algo de sonoro y desmayado, como si su música fuese un eco del alma que en vano se esforzaban por repetir en toda su pureza los órganos ya cansados. Don Álvaro notó también el estrago que los sinsabores y los males habían hecho en aquel semblante, modelo de gracia noble y a la par lozana y florida. Su ira y despecho se trocó de nuevo en un enternecimiento involuntario, y acercándose más a ella, con toda la efusión de su corazón, le dijo:
—Beatriz, por Dios santo, por cuanto pueda ser de algún precio para vos en esta vida o en la otra, descifradme este lúgubre enigma, que me oprime y embarga como un manto de hielo. Disipad mis dudas...
—¿Os parece—le contestó ella interrumpiéndole con el mismo tono patético y grave—que hemos bebido poco del cáliz de aflicción, que tan hidrópica sed os aqueja de nuevos pesares?
—¡Ay, señora de mi alma!—exclamó Martina acongojada—, ¿qué es lo que veo por la calle grande de árboles? ¡Desdichadas de nosotras! ¡Es mi señor y el conde y todos los criados de la casa! ¿Qué va a suceder, Dios mío?
Doña Beatriz entonces pasó de su resignada calma a la más tremenda agitación, y agarrando a don Álvaro por el brazo con una mano y señalándole con la otra un sendero encubierto entre los árboles, le decía, con los ojos desencajados y con una voz ronca y atropellada:
—¡Por aquí, por aquí, desventurado! Este sendero conduce a la reja del cercado y llegaréis antes que ellos. ¡Oh, Dios mío!, ¿para esto lo habéis traído otra vez delante de mis ojos?... Pero ¿qué hacéis? ¡Mirad que vienen!...
—Dejadlos que vengan—dijo don Álvaro, cuyos ojos al solo nombre del conde habían brillado con singular expresión.
—¡Cielo santo!, ¿estáis en vos? ¿No veis que estáis solos y ellos son muchos y vienen armados? ¡Oh, no os sonriáis desdeñosamente; yo soy una pobre mujer que no sé lo que me digo! ¡Bien sé que vuestro valor triunfará de todo; pero pensad en mi honra, que vais a arrastrar por el suelo, y no me sacrifiquéis a vuestro orgullo! ¡Ah, por Dios, noble comendador, lleváosle, lleváosle, porque le matarán y yo quedaré mancillada!