—Sí me acuerdo—respondió ella.
—¿Os acordáis de vuestra promesa?
—Presente está a mi memoria, como si acabase de salir de mis labios.
—Pues bien, aquí me tenéis, que vengo a reclamar vuestra palabra, porque aún no se ha pasado un año; y a pediros cuenta del amor que en vos puse y de mi confianza sin límites. ¿Qué habéis hecho de vuestra fe? ¿No me respondéis y bajáis los ojos? ¡Respondedme... ved que soy yo quien os pregunta; ved que os lo mando en nombre de mis esperanzas destruídas, de mi desdicha presente y de la soledad y la amargura que habéis amontonado en mi porvenir!
—Todo está por demás entre nosotros,—replicó ella—. El comendador os ha dicho la verdad: soy la esposa del conde de Lemus.
—Beatriz—exclamó el caballero—, por vos, por mí mismo, explicáos. En esto hay algún misterio infernal sin duda alguna. ¡Mirad, yo no quisiera despreciaros! yo quiero que os disculpéis, que os justifiquéis; ya que os pierdo no quisiera maldecir vuestra memoria. Decidme que os arrastraron al altar, decidme que os amedrentaron con la muerte, que perturbaron vuestra razón con maquinaciones infernales; decidme en fin, algo que os restituya la luz que veo en vos obscurecida y que ha llenado mi pecho de hiel y de tinieblas.
Doña Beatriz volvía a su silencio, cuando Martina recobrada ya de su susto y viendo que era el señor de Bembibre, no un espíritu sino en cuerpo y alma el que tenía delante, no pudo menos de responder por su ama:
—Sí, señor, sí que la violentó su madre, y del peor modo posible, porque ella quiso desde luego irse al convento y esperaros allí, aunque todos decían que estábais en el otro mundo, y en seguida quedarse monja tan profesa como la abadesa su tía. Por más señas que...
—Silencio, Martina—replicó su señora con energía—, y vos, don Álvaro, nada creáis, porque he dispuesto de mi mano libre y voluntariamente delante del abad de Carracedo, que me dió la bendición nupcial. Ya veis, pues, que ninguna violencia pudo haber.
—¿Conque según eso, vos sola os habéis apartado del camino de la verdad? Por vos lo siento, otra vez vuelvo a decíroslo, porque envilecéis mi amor, que era la llama más pura de mi vida. ¡Quién me dijera algún día que os había de tener por más vil y despreciable que el polvo de los caminos!