Diciendo esto se retiró unos cuantos pasos hasta apoyarse en el tronco de un árbol, retorciéndose los brazos.

Don Álvaro echó una ojeada al templario, que también había levantado su visera, y no era otro sino el comendador Saldaña, el que parecía pedirle perdón. En seguida se acercó a doña Beatriz y le dijo con un acento al parecer respetuoso y sosegado, pero en realidad iracundo y fiero:

—Señora, el comendador que veis ahí presente me ha asegurado que sois la esposa del conde de Lemus, y aun cuando no ha mucho que le debí la libertad y la vida, y sus años le aseguran el respeto de todos, no sé en qué estuvo que no le arrancase la lengua con que me lo dijo y el corazón por las espaldas. Voy viendo que no mintió; pero aún me quedan tantas dudas que, si vos no me las desvanecéis, nunca llegaré a creerlo.

—Cuanto os ha dicho es la pura verdad—respondió doña Beatriz—. Id con Dios, y abreviad esta conversación, que sin duda será la postrera.

—La postrera será, sin duda alguna—repuso él con el mismo acento—; pero fuerza será que me oigáis. ¿Que es verdad decís? Lo siento por vos más que por mí, porque habéis caído de un modo lamentable y me habéis engañado ruin y bajamente.

—¡Ah! No...—exclamó doña Beatriz juntando las manos—¡Nunca!...

—Escuchadme todavía—dijo don Álvaro interrumpiéndola, con un gesto duro e imperioso—. Vos no sabéis todavía hasta dónde ha llegado el amor que os he tenido. Yo no había conocido familia ni más padre que mi buen tío, y vos lo érais todo para mí en la tierra, y en vos se posaban todas mis esperanzas a la manera que las águilas cansadas de volar se posan en las torres de los templos. ¡Ah! Templo y muy santo era para mí vuestra alma, y cuando la dicha me abrió sus puertas, procuré despojarme antes de entrar en él de todas las fragilidades y pobrezas humanas. Con vos mi vida cambió enteramente: los arrebatos de la imaginación, las ilusiones del deseo, los sueños de gloria, los instintos del valor, todo tenía un blanco, porque todo iba a parar a vos. Mis pensamientos se purificaban con vuestra memoria: en todas partes veía vuestra imagen como un reflejo de la de Dios, procuraba ennoblecerme a mis propios ojos para realzarme a los vuestros, y os adoraba, en fin, como pudiera haber adorado un ángel caído que pensase subir otra vez al cielo por la escala mística del amor. Tenía por divina la fortuna de encontrar gracia en vuestros ojos, e imaginándoos una criatura más perfecta que las de la tierra, sin cesar trabajaba mi espíritu para asemejarme a vos. Saben los cielos, sin embargo, que una sola sonrisa vuestra, la ventura de llegar mis labios a vuestra mano eran galardón sobrado de todos mis afanes.

La voz varonil de don Álvaro, destemplada en un principio por la cólera, a despecho de sus esfuerzos, se había ido enterneciendo poco a poco, hasta que por último se asemejaba al arrullo de una tórtola. Doña Beatriz, dominada desde el principio por una profunda emoción, había estado con los ojos bajos, hasta que al fin, dos hilos copiosos de lágrimas comenzaron a correr por su semblante, marchito ya, pero siempre hermoso. Al escuchar las últimas palabras de don Álvaro se redobló su pena, y dirigiéndole una tristísima mirada, le dijo con voz interrumpida por los sollozos:

—¡Oh, sí, es verdad, hubiéramos sido demasiado felices! No cabía tanta ventura en este angosto valle de lágrimas.

—Ni en vos cabía la sublimidad de que en mi ilusión os adornaba—respondió el sentido caballero. ¿Os acordáis de la noche de Carracedo?