—Necio eres, Mendo—repuso doña Beatriz—; ¿qué temores puede causar a una dama la presencia de dos caballeros? Anda y que no tengan motivo para quejarse de nuestra cortesía.

—El diablo es esta nuestra ama—iba diciendo entre dientes el caballerizo—: ¡ella no tiene miedo ni aunque sea a un vestiglo! ¡Cuidado con fiarse de los templarios, que son unos brujos declarados y serán capaces de convertirla en rata! No, pues yo en cuanto les dé el recado, por sí o por no, voy a avisar a la gente de casa por lo que pueda suceder.

Los encubiertos caballeros, en cuanto recibieron el permiso, se entraron a caballo en el cercado y se encaminaron por las señas que les dió el palafrenero hacia donde quedaba su señora.—¡Pues!—dijo éste poco satisfecho de semejante llaneza: ¡como si fuera por su casa se meten! No, pues como se salgan un punto de lo regular, yo les prometo que les pese de la burla.—Y diciendo esto se encaminó a la casa.

Echaron pie a tierra los desconocidos poco antes de llegar a doña Beatriz, y el caballero de las armas negras, con un paso no muy seguro, se fué acercando a ella seguido del templario. La señora, con ojos espantados y clavados en él, seguía con ademán atónito todos sus movimientos, como colgada de un suceso extraordinario y sobrenatural. Si el sepulcro rompiese alguna vez sus cadenas, sin duda creería que la sombra de don Álvaro era lo que así se le aparecía. El caballero se alzó lentamente la celada y dijo con una voz sepulcral:—¡Soy yo, doña Beatriz!

Martina dió entonces un tremendo grito y cayó al suelo sin fuerzas, cerrando los ojos por no ver el espectro de don Álvaro, pues por tal le descubrían la palidez de sus facciones y su voz trémula y hueca. Su ama, al contrario, aunque sujeta a la misma engañosa ilusión, lejos de temer la imagen de su amante, se arrojó hacia ella con los brazos abiertos, temiendo que entre ellos se le deshiciese y exclamando con un acento que salía de lo más hondo del corazón:

—¡Ah! ¿eres tú, sombra querida, eres tú? ¿Quién te envía otra vez a este valle de lágrimas y delitos que no te merecía? Mis ojos desde tu muerte no han hecho más que seguir el rastro de luz que tu alma dejó en los aires al encumbrarle al empíreo, no he abrigado más deseo sino el de juntarme contigo.

—Tened, doña Beatriz—repuso el caballero (porque, como presumirán nuestros lectores, menos preocupados que aquella desventurada mujer, él mismo, y no su espíritu, era el que se aparecía) porque todavía no sé si debo bendecir o maldecir este instante que nos reúne.

—¡Ah!—replicó doña Beatriz sin poner atención en lo que le decía, y palpando sus manos y sus amados brazos—¿pero eres tú? ¿Pero estás vivo?

—Vivo, sí—respondió él—, aunque bien puede decirse que acabo de salir de la huesa.

—¡Justicia divina!—exclamó ella con el acento de la desesperación cuando ya no le cupo ninguna duda—; ¡es él, el mismo! ¡Miserable de mí! ¿qué es lo que he hecho?