—Señor don Juan: aunque tenía determinado demandaros cuenta de tan injusto encierro, al cabo me soltáis cuando estoy en vuestras manos, y vos más poderoso que nunca; acción sin duda muy digna de vos. En cuanto a lo que de doña Beatriz os han contado, bien se echa de ver que no la conocéis, pues de otra manera no daríais crédito a vulgares habladurías. Cierto es que me tendrá por muerto, porque a estas fechas ya la habrá entregado mi escudero las prendas que recibí de su amor; pero me prometió aguardarme un año, y me aguardará. Por lo demás, si queréis desengañaros, bien cerca tenéis quien ponga la verdad en su punto, pues viene de aquel país. ¿No es verdad, venerable Saldaña, que semejante nueva es absolutamente falsa?... ¿No respondéis? Disipad, os suplico, las dudas de nuestro huésped, porque las mías no darán que hacer a nadie.
—Doña Beatriz—respondió Saldaña—ha dado su mano al conde de Lemus, y esta es la verdad.
—¡Mentís vos!—gritó don Álvaro con una voz sofocada por la cólera—: ¡no sé cómo no os arranco la lengua para escarmiento de impostores! ¿Sabéis a quién estáis ultrajando? Vos no sois digno de poner los labios en la huella que deja su pie en la arena... ¿quién sois, quién sois para vilipendiarla así?
—Don Álvaro—exclamó Lara interponiéndose—, ¿es este el pago que dais a quien ha venido a quitarme la venda de los ojos y a arrancaros a vos de las tinieblas de vuestra mazmorra?
—¡Ah, perdonad, perdonadme, noble don Gutierre!—repuso don Álvaro con voz dulce y templada, llevando a sus labios la arrugada mano del anciano—; pero ¿cómo conservar la calma y el respeto cuando oigo en vuestros labios esas calumnias, hijas de algún pecho traidor y fementido? ¿Asististeis vos a esos desposorios? ¿Lo visteis por vuestros propios ojos?
—No—contestó Saldaña con acento antes apesarado que iracundo, porque sin duda de la cólera y apasionado afecto de aquel desgraciado joven esperaba cualquier arrebato—; no fuí yo testigo de ellos, pero todo el país lo sabe y...
—Y todo el país miente—replicó don Álvaro sin dejarle concluir la frase—. Decidme que dude del sol, de la naturaleza entera, de mi corazón mismo, pero no empañéis con sospechas ni con el hálito de mentirosos rumores aquel espejo de valor, de inocencia y de ternura.
Entonces se puso a pasear delante de los asombrados caballeros, que no se atrevían a socavar más en su corazón para arrancar aquella planta tan profundamente arraigada, diciendo en voz baja:
—¡Ah! ¿quién sabe si, cansada de persecuciones y sacrificios, le habrá parecido muy enojoso el convento y sobrado largo el plazo de un año que me concedió para aguardarme? Por otra parte, ¿cuándo me ha mecido la buena suerte para esperar ahora su benéfico influjo?