Siguió así paseando un corto espacio, y murmurando palabras confusas, hasta que volviéndose de repente a don Juan de Lara, le dijo con acento alterado:
—¿No decíais que estaba libre hace un momento? ¡Venga, pues, un caballo! ¡un caballo al punto!... ¡Antes morir que vivir en tan espantosa agonía! ¿No hay quien me ayude a darme las hebillas de mi coraza?
El comendador le ayudó a armarse con gran presteza, mientras don Juan le respondía:
—Vuestro caballo mismo, a quien hice curar por saber la mucha estima en que lo teníais, os está esperando en el patio, enjaezado; pero, don Álvaro, pensad en lo que hace poco os he pedido. Tal vez he podido haceros un daño gravísimo; pero si tuve noticia de la ruindad y vileza de que entrambos somos víctimas, no me asista el perdón de Dios en la hora del juicio.
—Don Juan—respondió él—, veo que vuestro corazón no está corrompido ni sordo a la voz del honor; pero si vuestros temores son legítimos y me precipitáis así en un abismo de dolores que jamás alcanzaréis a sondear, algo más duro se os hará conseguir el perdón de Dios que el mío, sinceramente otorgado en presencia de estos dos nobles testigos, junto con mi gratitud por la hospitalidad que os he merecido.
Con esto subieron inmediatamente a la plaza de armas del castillo, donde el gallardo Almanzor soltó un largo y sonoro relincho en cuanto conoció a su dueño. Subió éste sobre él después de despedirse de todos los caballeros; y salió del castillo con el comendador y sus hombres de armas, dejando en el pecho de Lara un disgusto que sólo se podía igualar a la cólera que había despertado en él la negra traición del conde y del infante. Por si algo pudiera valer, había entregado al comendador la correspondencia de entrambos personajes, en que su trama estaba de manifiesto, pero no consiguió por esto dar treguas a su pesar.
Don Álvaro y su compañero pasaron fácilmente los atrincheramientos de los sitiadores a favor del carácter de que iba revestido el templario, y emprendieron con diligencia el camino del Bierzo. Dos leguas llevarían andadas, cuando don Álvaro paró de repente su caballo y dijo a Saldaña con voz profunda:
—Si fuese cierto...
Don Gutierre no pudo menos de menear tristemente la cabeza, y el joven añadió con impaciencia:
—Bien está; pero no me interrumpáis ni me desesperéis cuando tan cerca tenemos el desengaño. Oídme lo que quería deciros. Si fuese cierto, no tardaré más en pedir el hábito del Temple que lo que tarde en llegar a Ponferrada. Os doy mi palabra de caballero.