—Tío y señor—respondió el joven con amargura—, ¿y qué es la esperanza? Ya sabéis que yo la recibí en mi corazón como un huésped noble, hermoso y bienvenido, a quien festejé con todo mi poder y cariño; pero el huésped me asesinó y puso fuego a mi casa; ¿qué ha quedado en lugar suyo y de su dueño? ¡unas gotas de sangre y un montón de cenizas!... ¡Frágil llamáis la vida de ese hombre! ¡la frágil, deleznable y caduca es la nuestra, que no se ha desviado de la senda estrecha del honor, mas no la suya, tejido de reprobación y de iniquidad! ¡largos días le aguardan tal vez de poder y de ambición en este miserable país!... ¡Muévale Dios contra el Temple, y ahora que no soy más que un soldado suyo, nos encontraremos!
Don Rodrigo comprendió la mortal herida que el desengaño acababa de abrir en el alma de su sobrino, y varió de rumbo tratando de presentarle otra clase de obstáculos.
—Hijo mío—le dijo con aparente tranquilidad—, tu dolor es justo, y natural tu determinación; pero no alcanza mi poder a coronarla. Nuestra orden está citada a juicio; suspensos nuestros derechos y sin facultades, por consiguiente, para admitirte en su seno.
Don Álvaro, con su claro ingenio, comprendió al punto los intentos de su tío, y respondió resueltamente:
—Tío y señor: si tal es vuestro escrúpulo, y supuesto que el caso es de todo punto nuevo, convocad capítulo y él resolverá. Por lo demás, si el Temple me cierra sus puertas, me pasaré a la isla de Rodas y me alistaré entre vuestros enemigos los caballeros de San Juan. Pensad que mi resolución es invariable, y que todo el poder del mundo conjurado contra ella no la haría retroceder ni un solo paso.
Don Rodrigo acabó de convencerse de la inutilidad de sus esfuerzos, pero a pesar de ello juntó capítulo de los caballeros allí presentes para significarles sus dudas. La respuesta le dió a conocer que su negativa no haría sino irritar aquellos ánimos encendidos y comprometer su autoridad, y así se propuso dar el hábito a su sobrino en cuanto estuviese preparado debidamente para ello. Corrió la noticia al punto por la bailía y los caballeros la recibieron con alborozo extremado, considerando el poderoso brazo que se consagraba a sostener su poder ya vacilante. Saldaña, que por motivos de delicadeza y rigurosa justicia se había negado a aceptar la palabra de don Álvaro, viéndole ahora persistir en su propósito, no cabía en sí de gozo. Su alma sombría y ambiciosa, más y más exaltada con los riesgos que cercaban a su religión, se regocijaba, no sólo por los triunfos que le predecía la entrada de un campeón tan valeroso como leal, sino porque en su pasión por aquel joven tan noble y sin ventura, se había propuesto colocarle en un trono de gloria y hacerle olvidar, si posible fuera, sus pasados sinsabores a fuerza de triunfos, honores y respetos. Aunque es verdad que el deseo de vengarse era uno de los más poderosos motivos que excitaban a don Álvaro para su determinación, el comendador sabía muy bien que los aplausos de la fama, las generosas emociones del valor y los trances de los combates eran la única ilusión que no había abandonado aquel pecho lastimado y desierto.
Algunos ritos que se observan en las modernas sociedades secretas, sobre todo en la admisión de socios, se dicen derivados de los templarios. Cualquiera que pueda ser su verdadero carácter y procedencia, lo que no admite duda es que aquellos caballeros practicaban algunas ceremonias cuyo sentido simbólico y misterioso era hijo de una época más poética y entusiasta que la que en sus postreras décadas alcanzaban. En el castillo de Ponferrada se conservan todavía entallados encima de una puerta dos cuadrados perfectos que se intersecan en ángulos absolutamente iguales, y al lado derecho tienen una especie de sol con una estrella a la izquierda. La existencia de tan extrañas figuras, de todo punto desusadas en la heráldica, basta para probar que la opinión que en su tiempo se tenía de sus prácticas misteriosas y tremendas no carecía absolutamente de fundamento. Una entre todas era particularmente chocante, a saber: las injurias que se hacían al crucifijo y cuya significación no era otra sino la rehabilitación del pecador, a partir de la impiedad y del crimen para subir por los escalones de la purificación y del sacrificio a las santificadas regiones de la gracia; rito fatal que, sin diferenciarse en la esencia de la fiesta de los locos, y algunos otros usos de la antigua iglesia, fué causa principal de la ruina del Temple, cuando su sentido místico se había perdido ya entre las nieblas de una generación más sensual y grosera. A explicar por lo tanto a su sobrino semejantes enigmas, vedados a los ojos del vulgo, se encaminaron los esfuerzos del maestre en los días que precedieron a su profesión.
Llegó por fin el momento en que aquel ilustre mancebo se despidiese de un mundo que, si alguna vez esparció flores por su camino, fué para trocárselas al punto en abrojos. Las profesiones en todas las demás órdenes religiosas se hacían a la luz del sol y públicamente; pero los templarios, sin duda para dar más solemnidad a la suya, la hacían de noche y a puertas cerradas. Cuando ya la obscuridad se derramó por la tierra, el comendador Saldaña y otro caballero muy anciano vinieron a buscar a don Álvaro, que les aguardaba armado con una riquísima armadura negra, con veros de oro, un casco adornado de un hermoso penacho de plumas encarnadas, en la cinta una espada y puñal con puño de pedrería y calzadas unas grandes espuelas de oro. El que aspiraba a entrar en el Temple se ataviaba con todas las galas del siglo para dejarlas al pie de los altares. Condujeron, pues, a don Álvaro ambos caballeros a la hermosa capilla del castillo, a cuya puerta se pararon un momento, llamando en seguida con golpes mesurados y acompasados.
—¿Quién llama a la puerta del templo?—preguntó desde dentro una voz hueca.
—El que viene poseído de celo hacia su gloria, de humildad y de desengaño—respondió Saldaña como primer padrino.