Entonces abrieron las puertas de par en par y se presentó a su vista la iglesia tendida de negro con un número muy escaso de blandones de cera amarilla y verde, encendidos en el altar. En sus gradas estaba el maestre sentado en una especie de trono rodeado de los comendadores de la Orden, y más abajo, en una especie de semicírculo, se extendían los caballeros profesos, únicos que a esta ceremonia se admitían, y que envueltos en sus mantos blancos parecían otros tantos fantasmas lúgubres y silenciosos. Don Álvaro, en cuya imaginación ardiente y exaltada hacía gran impresión este aparato, atravesó por medio de ellos acompañado de sus dos ancianos padrinos y fué a arrodillarse ante las gradas del trono del maestre. Extendió éste su cetro hacia él y le preguntó sus deseos. Don Álvaro respondió:
—Considerando que el Salvador dijo: «el que quiera ser de mi grey tome su cruz y sígame», yo, aunque indigno y pecador, he aspirado a tomar la del Templo de Salomón para seguirle.
—Grave es la carga para vuestros hombros jóvenes—respondió el maestre con voz reposada y sonora.
—El Señor me dará fuerzas para llevarla, como me ha dado resolución y valor para pedirla a pesar de mis culpas—respondió el neófito.
—¿Habéis pensado—repuso el maestre—que el mundo acaba en estos umbrales silenciosos y austeros?
—Yo me he despojado a la puerta del hombre viejo para revestirme del hombre nuevo.
—¿Hay alguno entre todos los hermanos presentes que pueda notar al aspirante de alguna acción ruin por la que merezca ser degradado de la dignidad de caballero?
Todos guardaron un silencio sepulcral. El comendador pidió entonces que se comenzase el rito, y dos caballeros trajeron un crucifijo de gran altura y toscamente labrado, pero de expresión muy dolorosa en el semblante, y lo tendieron en el suelo. Don Álvaro, conforme a la ceremonia, lo escupió y holló, y luego, alzándolo en el aire los dos caballeros, le dirigió las sacrílegas palabras de los judíos:
—Si eres rey, ¿cómo no bajas de esa cruz?
Cubriéronlo al punto con un velo negro y lo retiraron, tras de lo cual dijo el maestre: