—Tu crimen es negro como el infierno, y tu caída como la de los ángeles rebeldes; pero tu Dios te perdonará, y tu sangre correrá en desagravio de su tremenda cólera y justicia.
Arrodillóse entonces don Álvaro sobre un cojín de terciopelo negro con flecos y borlas de oro, y desarrollando un gran pergamino que tenía por cabeza la cruz del Temple en campo de oro, y a la luz de una bujía con que alumbraba Saldaña, leyó su profesión concebida en estos términos:
—Yo, don Salvador Yáñez, señor de Bembibre y de las montañas del Boeza, prometo obediencia ciega al maestre de la orden del Templo de Salomón y a todos los caballeros constituídos en dignidad: castidad perpetua y pobreza absoluta. Prometo además guardar riguroso secreto sobre todos los usos, ritos y costumbres de esta religión; procurar su honra y crecimiento por todos los medios que no estén reñidos con la ley de Dios, y sobre todo trabajar sin tregua en la conquista de la Jerusalén terrena, escalón seguro y senda de luz para la Jerusalén celestial. Prémieme Dios en proporción de mis obras, y vosotros como delegados suyos.
Entonces los padrinos comenzaron a desarmarle y los circunstantes a cantar el salmo Nunc dimitis servum tuum, domine, con voces vigorosas y solemnes. Calzáronle espuelas de acero, y de acero bruñido también fueron las grevas, peto, espaldar y manoplas con que sustituyeron su armadura; por último le ciñeron una espada de Damasco y le pusieron en la cinta un puñal buido de fino temple, pero sin ningún género de adorno. Echáronle por fin el manto blanco de la Orden y entonces le vendaron los ojos, en seguida de lo cual se postró en el suelo, mientras la congregación cantaba los salmos penitenciales con que los cristianos se despiden de sus muertos. Acabóse por fin el cántico, cuyas últimas notas quedaron vibrando en las bóvedas de la iglesia en medio del profundo silencio que reinaba en sus ámbitos, y entonces sus padrinos acudieron a levantarle y le destaparon los ojos, que al punto volvió a cerrar, porque acostumbrados a las tinieblas, no pudieron sufrir la vivísima luz que como una celeste aureola iluminaba aquel templo, momentos antes tan adusto y sombrío. Las colgaduras negras estaban recogidas y los altares todos resplandecían con infinitas antorchas; el aire estaba embalsamado con delicado incienso que en vagos e inciertos festones se perdía entre los arcos y columnas; y los caballeros todos tenían en las manos velas blanquísimas de cera encendidas. En cuanto descubrieron a don Álvaro, entonaron todos en voces regocijadas y altísimas el salmo Magnificat anima mea Dominum, durante el cual, conducido por sus padrinos, fué abrazando a todos sus hermanos y recibiendo de ellos el ósculo de paz y fraternidad. Concluído este acto aproximaron todos en orden sus sitiales al trono del maestre, dejando en medio a don Álvaro, que de pie y con los brazos cruzados, oyó la plática que el maestre o su inmediato dignatario solían dirigir al profeso. En tiempos más dichosos versaba sobre las glorias y prosperidad de la Orden, la consideración de que gozaba en toda la cristiandad y, por último, sobre los deberes rigurosos y terribles del nuevo caballero; pero entonces que la hora de la prueba había llegado y aquel astro luminoso padecía tan terrible eclipse, las palabras de don Rodrigo tuvieron aquel carácter religioso, profundo y melancólico propio de todas aquellas catástrofes que pasman y sobrecogen al mundo. Por último vino a recaer el razonamiento sobre los serios y terribles deberes que el soldado de Dios se imponía al entrar en aquella milicia, y entonces, levantándose de su trono, alzando el cetro y enderezando su talla majestuosa, concluyó diciendo con acento severo y grave:
—¡Pero si Dios te deja de su mano para permitir que faltes a tus juramentos, tu vida se apagará al punto como estas candelas, y unas tinieblas más densas todavía cercarán tu alma por toda una eternidad!
Al decir esto todos los caballeros mataron sus luces por un movimiento unánime, y en el mismo instante bajaron los negros y tupidos velos de los altares, dejando la iglesia en una obscuridad pavorosa. Los caballeros entonces murmuraron en voz baja algunos versículos del libro de Job sobre la brevedad de la vida y la vanidad de las alegrías del crimen; y a la luz de los blandones fúnebres que todavía ardían en el altar mayor, fueron dirigiéndose a la puerta en lenta y solemne procesión. Allí se pararon de nuevo, y el maestre se adelantó para rociar con agua bendita la cabeza de su sobrino, como para lavarle y purificarle aun de las heces y vestigios de la culpa, y desde allí todos se dispersaron encaminándose a sus cámaras respectivas.
A don Álvaro le dejaron también en la suya, y la luz del nuevo día, que no tardó en teñir los celajes del Oriente, le encontró mudado en otro hombre y ligado con votos que sólo al poder de la muerte le parecía dable desatar. ¡Dichoso él si con su poder, su libertad y sus dulces esperanzas hubiese podido poner de lado su antigua y devoradora pasión! Pero sólo el tiempo y la ayuda del Todopoderoso eran capaces de limpiar su corazón de sus amargas heces y borrar de su memoria aquellas imágenes escritas con caracteres de fuego.
Por fin a su valor y energía se le presentaba el ancho campo de la guerra y el noble empeño de defender una causa justa, pero ¿qué consuelo podía buscarse en el mundo para doña Beatriz, que no tenía más compañía que la soledad, la aflicción y la presencia de un padre ya anciano, lleno de pesares y penetrado de un arrepentimiento tardío? ¡Tristes contradicciones y debilidades las del pobre corazón humano! La heredera de Arganza tenía por esposo un hombre joven todavía, lleno de vigor y robustez; su salud por otra parte de día en día se quebrantaba; el cielo y la tierra de consuno parecían apartarla de su primer amor, que según todas las apariencias no podía estar más perdido para ella, y sin embargo la nueva de aquellos votos le causó profundísimo dolor. ¿Qué podía esperar? ¿Qué podían descubrir sus ojos en el nebuloso horizonte del porvenir, sino soledad y pesares sin término y sin cuento? ¡Extraño misterio! La esperanza es una planta que brota en el corazón y que si no florece cuando el dolor ha trocado su campo en arenal, todavía conserva su tronco enhiesto como una columna fúnebre, y aun regado por la fuente de las lágrimas, brota tal vez alguna hoja marchita y amarillenta. Doña Beatriz se había visto separada de su amante por escaso arroyo; su matrimonio desgraciado lo había convertido en río profundo y caudaloso: ahora la profesión de don Álvaro acababa de trocarle en mar inmenso, y la desventurada, sentada en la orilla, veía desaparecer a lo lejos el bajel desarbolado y roto en que para no volver se partían sus ilusiones más dulces.