—Eso no va conmigo, señor galán—respondió la muchacha un poco amostazada—, porque no lo cato.

—No, mujer; ¿quién había de decirlo de ti?—repuso Millán cortésmente—; la lengua le cortaría yo al que lo dijese.

—Sea como quiera—contestó ella—lo que te digo es que yo y Mendo y mi amo, y el alhaja del conde y todos, en fin, hemos visto y oído a don Álvaro junto al nogal del arroyo; por más señas que venía con el comendador Saldaña, el alcaide de Cornatel.

—¡Virgen purísima!—exclamó Millán cruzando las manos y mirando al cielo—¡conque vive mi señor, el mejor de los amos, el caballero más bizarro de España! ¿Dónde está, Martina? ¿dónde está? ¡que aunque sea al cabo del mundo iré en busca suya!

—¡Pues—repuso la muchacha tristemente—y siendo como eres un señor, vamos al decir, te vas a quedar como antes y nuestra boda Dios sabe para cuándo será!

—En verdad que tienes razón—contestó él en el mismo tono—; ¡y yo que había arrendado tan bien el prado de Ygüeña al tío Manolón y había comprado unas vacas que daba gusto verlas! Pero ¿qué le hemos de hacer?—añadió después de un rato de silencio—; ¿no me he de alegrar yo por eso de la vuelta de mi amo? Váyanse muy enhoramala todos los prados del Bierzo y todas las vacas del mundo, y viva mi don Álvaro, que es primero. Martina—le dijo después con seriedad—, ya sabes que primero es la obligación que la devoción, y por eso yo, aunque me corría priesa, bien lo sabe Dios, nunca quise que dejaras a doña Beatriz... Pero válgame Dios—exclamó como sorprendido—, ¡y yo que no me había acordado de ella! Y ¿qué ha dicho la infeliz? ¿qué es de ella?

Martina entonces le contó llorosa todo lo acaecido, narración que dejó confuso y turbado al pobre Millán con la perfidia del conde y lo negro de la trama en que su amo se había visto envuelto.

—Y ahora—concluyó diciendo la muchacha—el viejo anda por los rincones llora que llora y zumba que zumba, y la señora, como es natural, más afligida que nunca; pero como ni uno ni otro quieren darse a entender su sentimiento, andan los dos por ver quién engaña a quién, sin lograrlo ninguno; porque a lo mejor cuando se encuentran sus miradas echan a llorar como dos perdidos. Si te he de decir la verdad, no sé quién me causa más lástima.

—¡Vaya por Dios!—respondió Millán con un suspiro—; pero y mi amo ¿dónde pára, porque yo no he oído nada por el camino?

Martina, que sabía muy bien lo poco devoto que su amante era del Temple, gracias a la superstición común, había esquivado en la narración el punto de la determinación de don Álvaro; pero como ya no era posible ocultarlo, tuvo que decírselo.