—¡Dios de mi alma!—exclamó el mozo consternado—, ¿no valía más que de veras hubiera muerto, que no guardarle para la hoguera con todos esos desdichados descomulgados por el papa? No, pues en eso perdóneme; si él quiere perder su alma yo estoy bien avenido con la mía, y no será el hijo de mi madre quien se quede a servirle para que después le tengan a uno por nigromante y hechicero.
—¿Sabes lo que digo, Millán?—repuso la muchacha—. Es que debe haber mucha mentira en eso de los templarios, porque cuando se ha entrado en la Orden un señor tan cristiano y principal como tu amo, se me hace muy cuesta arriba creer esas cosas de magia y de herejía que dicen.
—¿Qué sabes tú?—respondió él con un poco de aspereza—; don Álvaro está desconocido desde sus malhadados amores y es capaz de hacer cualquiera cosa de desesperado. En fin, yo allá voy, porque a eso estoy obligado, pero quedarme con él mucho lo dificulto. ¡Ojalá que no le hubiera comido el pan ni me hubiese sacado medio ahogado del Boeza!... ¡Malhaya tu venta!—añadió mirando con ceño a su futura—; que por tus cosas no estamos ya casados en paz y en gracia de Dios y libres de semejantes aprietos, en vez de que así Dios sabe lo que será de nosotros.
—Pero, hombre—repuso ella con dulzura—, ¿qué querías que hiciera estando doña Beatriz así?
—Sí, sí—contestó él como distraído—: no me hagas caso, porque no sé lo que me digo... ¡Qué demonio de hombre; haberse metido templario!... ¡Pero, en fin, yo allá voy y sea lo que Dios quiera! Adiós, Martina.
Y dándola un abrazo bajó presuroso la escalera sin aguardar a más: montó en su jaco y tan de priesa cabalgó, que en poco más de una hora estaba en Ponferrada. La resolución que tan terminantemente anunció en el principio, y durante su enfado, de no servir a don Álvaro, según hemos visto, se iba debilitando poco a poco, y a medida que se acercaba a la bailía se iba deshaciendo como la nieve de las sierras al sol de Mayo. El buen Millán era de una índole excelente y luego los hábitos de amor y de fidelidad hacia don Álvaro se confundían en su imaginación con los recuerdos de sus primeros años, porque se había criado en su castillo y sido el compañero de su infancia. Las hidalgas prendas de don Álvaro, la largueza con que en su testamento había atendido a su suerte y las desdichas que habían formado el tejido de sus jóvenes años eran otros tantos eslabones que le unían a él. Así fué que cuando llegó al castillo, su determinación se la había llevado el viento y sólo pensó en asistir y servir a su antiguo dueño mientras durasen aquellos tiempos revueltos, a despecho de supersticiones, recelos y antipatías de toda clase. Muy de estimar era este sacrificio en un hombre preocupado con las groseras creencias de la época, y que, de consiguiente, sólo a costa de un terrible esfuerzo podía determinarse a saltar por todo.
Por mucha que fuese su priesa, se dirigió antes a la celda del maestre, que le recibió con su bondad acostumbrada, y que deseoso de proporcionar a su sobrino una sorpresa con que pudiese dar vado en cierto modo a sus sentimientos oprimidos, le condujo inmediatamente a su aposento.
—Aquí os traigo, sobrino, un conocido antiguo—le dijo al entrar—, con cuya vista presumo que os alegraréis.
—Ese será mi fiel Millán—repuso al punto don Álvaro—: ¿qué otra persona se había de acordar de mí en el mundo?
Millán entonces, sin poderse contener, salió de detrás del maestre, que ocupaba la puerta, y corrió desalado a arrojarse a los pies de su señor, abrazando sus rodillas y prorrumpiendo en lágrimas y sollozos que no le dejaban articular palabra. Don Rodrigo se ausentó entonces, y don Álvaro, enternecido, pero reprimiéndose, sin embargo, porque no acostumbraba a mostrar delante de sus criados ningún género de transporte, le dijo levantándole: