—No así, pobre Millán, sino en mis brazos; vamos, abrázame, hombre... en cuanto vine pregunté por ti; ¿qué es de tu persona? ¿Por dónde andabas?

—Pero, señor, ¿es posible—exclamó el escudero—que después de lloraros por muerto os encuentro ahora en ese hábito?

—Nunca le tuviste gran afición—contestó el caballero procurando sonreirse—, pero ahora que le visto yo fuerza será que le mires con mejores ojos, siquiera por amor del que fué tu amo.

—¡Cómo es eso del que fué mi amo!—le interrumpió el escudero como con enojo-: mi amo sois ahora como antes, y lo seréis mientras yo viva.

—No, Millán—respondió don Álvaro con reposo—; yo ya no tengo voluntad sino la del maestre mi tío y sus delegados. Los bienes que te dejaba en mi testamento como galardón de tu fidelidad ya no te pertenecen en rigor por haber salido falsa mi muerte; pero yo intercederé con mi tío para que te los dejen, porque en realidad yo estoy muerto para el mundo y quiero regalarte esa memoria.

—Señor—contestó el escudero sin dejarle pasar más adelante—, yo para nada necesito esos bienes estando con vos; pero si por vos mismo no podéis admitirme a vuestro servicio, yo iré a pedírselo de rodillas al maestre vuestro tío, y no me levantaré hasta que me lo conceda.

—No, Millán—respondió don Álvaro—, yo sé que tú tienes otras esperanzas mejores que las de venir a servir a un templario en medio de los peligros que cercan esta noble Orden. Todavía tienes una madre anciana y a más a Martina, con lo cual vivirás tranquilo y con toda aquella ventura que puedes juiciosamente apetecer en esta vida.

—En cuanto a mi madre—replicó el escudero—bastaba el que os abandonase para granjearme su maldición; pero por lo que hace a Martina, que tenga paciencia y me espere, que yo también la he esperado a ella. Además, que no creáis que por eso se enoje, porque la pobrecilla os quiere bien y...

Don Álvaro, temblando que no añadiese alguna otra cosa que no deseaba oir, se apresuró a atajarle, diciéndole que su resolución estaba tomada y que no quería envolver a nadie en las desgracias que pudieran sobrevenirle. Con esto se entabló una disputa de generosidad entre amo y mozo, firme aquél en su propósito y éste no menos aferrado en su voluntad; disputa que dirimió el maestre haciendo ver a su sobrino la poca cordura que había en desechar un corazón tan generoso en circunstancias como aquellas. Con esto quedó Millán instalado en sus antiguas funciones, y don Rodrigo, así por recompensar su lealtad, como por complacer a su sobrino, confirmó la donación hecha en el testamento para que no tuviera que arrepentirse nunca el buen Millán de su desprendimiento.