CAPÍTULO XXIV

Las diferencias del rey con don Juan Núñez de Lara se compusieron por fin más a placer de aquel orgulloso rico hombre que a medida del decoro real, porque el poder de don Fernando, quebrantado con lo largo del sitio de Tordehumos y enflaquecido además con la defección de varios señores y la retirada de otros, no era bastante ya a postrar aquel soberbio vasallo. Asentáronse, pues, las condiciones y tratos dictados por la ocasión; volvió don Juan de Lara a su mayordomazgo; conservó a Moya y Cañete y demás pueblos que tenía, y el rey hubo de restituirle su gracia. ¡Notable mengua la de la corona!; pero que sin embargo no dejaba de tener sus ventajas, porque además de ser prudente transigir con la necesidad, al cabo le quedaban al rey las manos sueltas y desembarazado el ánimo para dar cima al negocio de los templarios, que, según se veía, no podía allanarse sino por la fuerza de las armas. Sin duda los cimientos de la Orden estaban minados y vacilantes en la opinión, pero aquel cuerpo robusto se sostenía, así y todo, por la enérgica cohesión de sus partes, por sus recuerdos de gloria y por el miedo que a todos inspiraba su poder, única verdadera causa de su ruina.

No se negaban los caballeros a comparecer en juicio, delante de los prelados españoles, ni menos declinaban su jurisdicción; pero alegando las torpes calumnias que contra ellos se derramaban entre el vulgo, los asesinatos de Francia y toda aquella inaudita persecución, protestaban que no se entregarían indefensos en manos de sus enemigos, y que en sus castillos y conventos aguardarían la sentencia de los obispos y la definitiva resolución del Papa. Por lo demás, blasonaban de leales y obedientes, aseguraban con el mayor empeño que sólo su defensa les movía, y con su conducta firme y prudente parecían poner de manifiesto, a los ojos de la muchedumbre, la falsedad de los cargos, junto con su firme resolución de defender su honor y su existencia hasta el último trance.

De toda la gente que con tanta flojedad y desvío sirvió a don Fernando en la demanda de Tordehumos, no encontró a nadie remiso ni desmayado: tal era la codicia que en todos los corazones despertaban los opimos despojos del Temple. Fácil le fué, por lo tanto, juntar una hueste numerosa y lucida, aunque no sobrada ciertamente para trance tan difícil, y de nuevo comenzó el estruendo de la guerra a resonar por toda la España; porque como el empeño era igual en Aragón, por ambas partes, adondequiera alcanzaban los aprestos y disposiciones. Sólo el rey de Portugal permanecía en lo exterior, frío espectador de la contienda, si bien en su ánimo estaba inclinadísimo a la religión del Temple, y aun empleaba buenos oficios con el Sumo Pontífice para apartar de su cabeza la tormenta fatal que desde los más remotos ángulos de Europa venía a amontonarse sobre ella. Este rey sabio, más de lo que parecía consentir aquella época ignorante y ruda para desconocer la grosera trama en que estribaba la persecución de la Orden, y no menos caballero que discreto, sentía que tal fuese el premio de tantas glorias, honores y triunfos, cuando aquellos brazos invencibles tenían aún en la Península enemigos en quien continuar la gloriosa cruzada española de siete siglos. Así, pues, tanto en Aragón como en Castilla, estaban pendientes los ánimos de aquella lucha fatal, cuyo término y desastres no era muy fácil prever, porque si de una parte peleaba el número y la fuerza, militaban en la otra la inteligencia de la guerra, la disciplina y la clase de los combatientes, cualidades de gran precio en medio del desbarajuste de la época.

El señor de Arganza, como Merino Mayor que era del Bierzo, recibió la orden de alistar inmediatamente los ballesteros y gente de armas que pudiese, e ir a juntarse en los confines de Galicia con los escuadrones de su yerno el de Lemus. Honra era ésta de que con gusto infinito se hubiera excusado, a no mediar su hidalguía, porque merced a los desengaños y pesares que sufría, semejante empresa iba presentándose a sus ojos con sus verdaderas formas y colores. Su enemistad con el Temple, falta de pábulo hacía algún tiempo, se había amortiguado poco a poco, y la conducta de Saldaña y de don Álvaro en los sotos de su palacio, junto con el decoro y caballerosidad, que no había dejado de guardar con él el maestre don Rodrigo, a pesar de sus desvíos, habían acabado de debilitarla. Sus sueños de ambición, por otra parte, iban revistiéndose de tristísimos colores delante de la realidad inexorable que de bulto le mostraba la perfidia negra del conde, y la triste cuanto abundante cosecha de tribulaciones y angustias que había sembrado para su hija. Y por colmo de desventura, ahora le llamaba la suerte a pelear con el único hombre que había conquistado y merecido aquel corazón de ángel, y cuya imagen probablemente estaba esculpida en él a despecho de todo. Aquejábanle, además, embarazos domésticos, pues conocía la ruindad del conde, que desde su ausencia, ni por cortesía había enviado satisfacción, mensaje ni escrito alguno; no le parecía justo llevarle su esposa, y por otra parte no era decoroso ni prudente dejar a doña Beatriz expuesta a los azares y contratiempos de una guerra que con tales visos de sangrienta y dudosa se mostraba. Perplejo y confuso, en medio de tantos inconvenientes, hubo de consultar con doña Beatriz, que, como prevenida por su discreción y tristeza, manifestó poca sorpresa, y menos dudas ni tropiezos.

—Padre mío—le respondió—, no os inquietéis por mí, pues ya sabéis que es patrimonio de la desdicha estar segura y defendida en todas partes. Guárdense los dichosos en buen hora, que a mí me guarda mi estrella. Sin embargo, como en tales ocasiones no hay sagrado sino al pie de los altares, me encerraré en Villabuena mientras dure la guerra entre nosotros.

—¿En Villabuena, Beatriz?—respondió el viejo—. ¿Y podrás resistir las memorias que aquellos lugares despertarán en tu corazón?

Sonrióse ella melancólicamente, y contestó a su padre con dulzura: