—No fueron los peores de mi vida los días que pasé a la sombra de sus claustros y arboledas. ¡Ojalá que mudando de lugares se mudase también de pensamientos!, pero entonces el hombre sería dueño de sus penas y el cielo no le probaría en la escuela de la adversidad. Llevadme, pues, a Villabuena, donde ya sabéis que me quieren bien, y caminad a la guerra sin zozobras y sin cuidados, pues allí quedo tranquila y segura. Una cosa, sin embargo, quisiera encomendaros—añadió con una inflexión de voz que revelaba con harta claridad lo que en su interior estaba pasando—. Ya sabéis que entre los que vais a combatir como enemigos, hay una persona a quien hemos hecho mucho mal. También sabéis que la serpiente de la calumnia lo está envolviendo en sus anillos ponzoñosos... Mirad por él y procurad, si no remediar, aliviar, por lo menos, los dolores que por nuestra culpa sufre.

—No por la tuya, ángel de Dios—replicó el anciano—, sino por la mía. ¡Quiera el cielo perdonarme! Siempre le había agradecido la cuna ilustre en que nací y las riquezas de que me rodeó desde la niñez; pero ahora, con el pie dentro del sepulcro, reconozco lo funesto del don, y muchas veces me he dicho en mis desvelos nocturnos: «¡cuánto más dichosa hubiera sido mi hija con nacer en una cabaña de estos valles!...» En fin, hija mía, tus deseos serán cumplidos, y yo procederé como quien soy: ¡ojalá que mis ojos hubieran estado siempre tan abiertos como ahora!

Después de esta breve conversación quedó determinado el viaje a Villabuena, que se verificó a los dos o tres días. No hacía muchos meses que el rigor paternal había conducido allí a doña Beatriz. Su madre quedaba sumida en el llanto; ella se veía desterrada de la casa paterna y apartada de don Álvaro; pero la esperanza la alentaba, el valor la sostenía, un germen de vida y de hermosura, al parecer inagotable, realzaba las gracias de su cuerpo, y, por último, una primavera llena de pompa y lozanía parecía acompañar con su verdor el verdor y frescura de sus sentimientos y presagiarle una existencia próspera y floreciente. ¡Miserable instabilidad la de las cosas humanas! En tan corto espacio de tiempo aquella madre cariñosa había pasado a las regiones de la eternidad; su valor no había alcanzado a defenderla contra la mano de hierro del destino; su libertad había caído en holocausto de su generosidad delante de un hombre manchado de delitos; su salud se había consumido, disipándose su hermosura; don Álvaro había salido del sepulcro sólo para morir de nuevo y para siempre a los ojos de su esperanza, y, por último, en vez de aquellas arboledas frondosas, de tantos trinos de pajarillos y de las auras suaves de mayo, los vientos del invierno silbaban tristemente entre los desnudos ramos de los árboles; los arroyos estaban aprisionados con cadenas de hielo, y sólo algunas aves acuáticas pasaban silenciosas sobre sus cabezas o graznando ásperamente a descomunal altura. ¡Dolorosa consonancia de una naturaleza amortecida y yerta con un corazón desnudo de alegría y vacío del perfume de la esperanza!

La cabalgata se componía de las mismas personas que la otra vez; pero ya fuese que la disposición de ánimo de los señores se pegase a los criados, ya que lo pantanoso del camino y lo frío y destemplado de la estación les hiciese atender a sus cabalgaduras y les quitase todo deseo de hablar, el resultado fué que durante el viaje apenas se les oyó una palabra. El mismo Mendo, cuyos instintos torpes y groseros solían alejarle de ciertas emociones, propias tan sólo de organizaciones más delicadas, parecía mustio y apesadumbrado en aquella ocasión. Sin duda, el pobre palafrenero iba cayendo en la cuenta de que por muy conde y muy señor que fuese el de Lemus, no llegaba a juntar otras cosas que no hacen menos falta, como la hombría de bien y la bondad del carácter. Acostumbrado a ver en sus amos entrambas cualidades, y aún muchas más, el cuitado Mendo las creía anejas a toda nobleza y poderío, y ahora, desengañado ya en fuerza de reflexiones y evidencias, se le oyó exclamar más de una vez desde la aventura del soto, provocada por su imprudencia:—¡Qué demonio de hombre!... ¡Tan señor y tan pícaro!... ¡Quién lo hubiera creído con tanto oro y unos vestidos tan ricos!... ¡Vaya una grandeza bien empleada!... ¡Y yo, necio de mí, que lo prefería al valeroso don Álvaro! ¡Vamos, vamos! ¡No me lo pida Dios en cuenta, que no hará, sin duda, porque está visto que soy un podenco y sólo sirvo para tratar con caballos!...—Con semejantes desahogos probaba el buen caballerizo, si no su agudeza, por lo menos su buen corazón, y, sin duda, todos ellos sonaban entre sus dientes cuando tan mohino caminaba para Villabuena. En cuanto a Nuño y Martina, sobrado enterados estaban de los incidentes de aquel terrible drama para no tomarse en él un vivísimo interés.

Al cabo de dos o tres horas de caminar, llegaron por fin al monasterio, donde las religiosas, ya prevenidas, estaban esperando en comunidad a una tan principal señora, que por otra parte para todas había sido una hermana en su poco distante hospedaje en aquella santa casa. Todo estaba en el mismo orden y animado por el mismo espíritu de pureza y de modestia: igual expresión en los semblantes, igual tranquilidad en las miradas, igual serenidad y compostura en los modales: sólo en doña Beatriz había mudanza. Las monjas, que habían esperado encontrarla restituída a su primera robustez y lozanía, de todo punto recobrada de los pasados males y llena de contento con su ilustre esposo, se pasmaron de ver su extenuación, sus miradas a un tiempo lánguidas y penetrantes, la flacura de su cuerpo, y al escuchar, sobre todo, el metal de su voz en que vibraba un no sé qué de profundo y melancólico que las penetraba como de angustia. Ajenas la mayor parte de aquellas cándidas mujeres a las tempestades del corazón y a las amargas experiencias del mundo, se perdían en conjeturas sobre las causas de aquel súbito y lastimoso cambio en una persona a quien la suerte había mirado desde el nacer con ojos, en su entender, benignos. Como doña Beatriz no había exhalado una queja durante su reclusión en el monasterio, creían que su amor a la soledad y sus frecuentes distracciones provenían de la natural tendencia de su carácter y de su sensibilidad delicada, pero no de su alma profundamente ulcerada. Sólo la abadesa, algo más versada en los dolores del corazón y en los desengaños de la vida, conoció el estado de aquella criatura que tan de cerca le tocaba. El encuentro de tía y sobrina fué triste y aflictivo, como era de suponer, pues con él se renovó la memoria de la reciente pérdida de doña Blanca; pero doña Beatriz vertió sin embargo pocas lágrimas. Aquel noble carácter cada día se reconcentraba un poco más, semejante a las flores que al aproximarse la noche cierran su cáliz y recogen sus hojas. Eran además sus males de los que sólo la mano de la religión puede sanar, y con aquella noble altivez y pudor que sienten siempre las almas elevadas, procuraba retirarlos de los ojos del vulgo y presentarlos solamente a la vista del dispensador del bien. Comoquiera, este sosiego aparente acababa de devanar el seso de las pobres monjas, que no acertaban a componer con él las visibles huellas del pesar que en su semblante se descubrían.

Doña Beatriz se aposentó en su antigua celda desechando otra mejor y más desahogada que le tenían dispuesta, dando por razón el apego que con la costumbre había cobrado a su primer vivienda. Las hermanas lo atribuyeron a modestia y humildad cristiana, en lo cual tenían alguna razón, porque siempre fueron prendas que resaltaron en ella; pero la verdadera causa de su indiferencia y fácil contentamiento era otra. ¿Qué podían importarle vanas atenciones, ni respetos, cuando sus pensamientos pertenecían a otro mundo y sólo para descansar alguna vez de su incesante vuelo se posaban por instantes en la tierra?...

Don Alonso se partió de Villabuena en la misma tarde a cumplir, como bien nacido, los mandatos de su rey y a dar calor a los preparativos de guerra que por todas partes se hacían. La presencia de aquellos lugares se le hacía cada vez más penosa, y por eso se apresuró a dejarlos. Encomendó, pues, su hija al cuidado de la abadesa con particular encarecimiento, y se encaminó a las montañas del Burbia a levantar gente y ordenar su mesnada. La suerte le destinaba a pelear con el que por un influjo más benigno destinaba en otro tiempo para su yerno, y no era esta la menor de sus pesadumbres, pues sobrado conocía la ansiedad que produciría en el ánimo de doña Beatriz aquella lucha fatal entre su padre y el hombre que, aunque perdido para ella, no se borraba de su memoria. Sus sentimientos personales, además, habían sufrido grande alteración y el árbol de su ambición comenzaba a dar tan amargos y desabridos frutos, que a costa de su vida hubiera querido arrancarlo; pero sus raíces se habían ahondado en el corazón de su hija, y sólo arrancándolo con ellas pudiera lograr su objeto. La obligación de juntarse con el conde y concertar con él todo lo perteneciente a la guerra, era muy penosa para su pundonoroso carácter, una vez descorrido el velo que tanta ruindad y perversidad había encubierto; de manera que su camino por dondequiera estaba sembrado de abrojos y sinsabores.

El abad de Carracedo, que desde las bodas de doña Beatriz y la muerte de su madre se había extrañado de Arganza por entero, movido entonces del amor a la paz, y deseoso de atajar el torrente de males que de nuevo amagaban a la trabajada Castilla y sobre todo al Bierzo, medió entonces con eficacia entre el conde de Lemus, el señor de Arganza y el maestre don Rodrigo. Aunque su carácter era duro y austero en demasía y su rencor contra el Temple bastante vivo, fundábase éste en su deferencia ciega a la Sede romana, y no estaba aquél, como vimos ya en otra ocasión, sordo a los sentimientos afectuosos y puros. Ahora que las mayores catástrofes y miserias estaban pendientes sobre aquella Orden que, como la suya, se había cobijado, al nacer, bajo el manto de San Bernardo, su caridad se despertó vivamente y su antigua amistad con el maestre recobró sus derechos. Todo su celo y diligencia hubieron de naufragar, sin embargo, porque la corona estaba decidida a borrar aquella caballería de la tierra de España, y los templarios, por su parte, prontos a presentarse en juicio y sumisos a la autoridad del papa, se negaban justamente a despojarse de sus medios naturales de defensa, recelosos, y con harto fundamento, de que se renovasen en ellos las desaforadas crueldades de Francia. Así, pues, viendo frustrarse una tras de otra todas sus tentativas, hubo de juntar su corta hueste a la del señor de Arganza y obedecer como sacerdote católico y fiel vasallo las órdenes del rey y del papa.

Los aprestos bélicos siguieron, por lo tanto, con la mayor actividad por parte de las tropas de Castilla, pues los templarios, de antemano prevenidos, y aprovechándose de las enormes ventajas que sus riquezas, su subordinación y disciplina les daban sobre sus contrarios, no hicieron más sino estarse a la defensiva, según lo tenían determinado, y aguardar el trance del combate. Los peligros de semejante empresa se ocultaban a su orgulloso y altivo valor, y cansados de la paz con los moros a que los habían obligado las alianzas de Castilla con los reyes de Granada, y sus discordias intestinas, codiciaban nuevos laureles ganados en defensa de su honor y de su existencia. Don Rodrigo mismo, a pesar de sus tristes previsiones y de sus años, parecía animado de un ardor juvenil cuando se vió cerca de dar su vida por el honor de su Orden; bien como un caballo envejecido en las batallas relincha y se estremece, a pesar de su debilidad, al oir la trompeta guerrera.

Cualquiera que fuese el entusiasmo con que por ambas partes pudiera emprenderse esta lucha, había en cada bando un hombre que saludaba su sangrienta aurora con particular júbilo y esperanza. Estos dos hombres eran el conde de Lemus y el señor de Bembibre. Los pesares del corazón y los desengaños de la vida en el uno, la ambición y codicia desapoderada en el otro, y en entrambos el odio y el valor, les mostraban los trances venideros bajo los colores de sus deseos. Don Álvaro, para mayor humillación del conde, se había negado a hacer campo con él por la desigualdad que con su ruin comportamiento había introducido entre los dos; pero en aquella ocasión, desnudo ya de voluntad propia, como lo estaba de sus antiguos derechos de señor independiente, podía completar su venganza y lavar con sangre su ofensa. El conde, de cuya memoria no se apartaba aquel ultraje, y a quien su proceder no podía menos de avergonzar, anhelaba ardientemente cerrar para siempre la boca de aquel testigo inexorable y terrible, y desagraviar con su muerte su orgullo ofendido. Así, pues, ambos aguardaban la ocasión de medir sus fuerzas con ansiedad indecible, bien ajenos de la suerte que su sino fatal les preparaba.