Los de las montañas de la Cabrera traían todos gorros de pieles de cordero, coleto muy largo de piel de rebezo destazada y de color rojizo; calzones ajustados de paño obscuro y unas pellejas rodeadas a las pantorrillas y sujetas con las ligaduras y correas de la abarca. La traza de estos serranos era viva, ágil y suelta: su cuerpo enjuto, su fisonomía atezada y seca, porque su vida dura de cazadores y pastores les sujetaba a todas las asperezas e inclemencias de su clima; y las armas que usaban eran un gran cuchillo de monte a la cinta y su ballesta, en la cual eran muy certeros y temibles. Pudiérase decir de los unos que componían la infantería de línea de aquel pequeño ejército, y de los otros, que eran los flanqueadores y tropas ligeras a quienes por lo fragoso del país debería caber la mayor gloria y peligro de la demanda, que no dejaba de ofrecerlo grave.
Toda esta gente acampó a la falda del antiguo monte Meduleum, tan celebrado por su extraordinaria abundancia de criaderos de oro durante la dominación romana en la península Ibérica. Esta montaña, horadada y minada por todas partes, ofrece un aspecto peregrino y fantástico por los profundos desgarrones y barrancos de barro encarnado que se han ido formando con el sucesivo hundimiento de las galerías subterráneas y la acción de las aguas invernizas, y que la cruzan en direcciones inciertas y tortuosas. Está vestida de castaños bravos y matas de roble, y coronada aquí y allá de picachos rojizos y de un tono bastante crudo, que dice muy bien con lo extravagante y caprichoso de sus figuras. Su extraordinaria elevación y los infinitos montones de cantos negruzcos y musgosos que se extienden a su pie, resíduo de las inmensas excavaciones romanas, acaba de revestir aquel paisaje de un aire particular de grandeza y extrañeza, que causa en el ánimo una emoción misteriosa. De las galerías se conservan enteros muchos trozos que asoman sus bocas negras en la mitad de aquellos inaccesibles derrumbaderos y dan la última pincelada a aquel cuadro en que la magnificencia de la naturaleza y el poder de los siglos campean sobre las ruinas de la codicia humana y sobre la vanidad de sus recuerdos. Al pie de la montaña está fundada la aldea de las Médulas, poco considerable en el día, pero que en la época de que hablamos era mucho más pobre y ruin todavía. Aquí asentó el conde sus reales rodeado del trozo más florido y mejor armado de su gente, y la que no pudo ampararse de las pocas chozas que allí había, se repartió por las minas y cuevas para buscar un abrigo contra la intemperie de la estación. La caballería se ladeó hacia la izquierda y se extendió por las orillas del lago de Carracedo, que le brindaban abundosos pastos y forrajes. De esta suerte repartidos, púsose el sol turbio y triste de diciembre, y estableciendo sus guardias y precaviéndose, como lo pedía la vecindad de un enemigo audaz y temible, aguardaron alrededor de sus hogueras la venida del nuevo día.
Amaneció éste, y al punto los clarines, gaitas y tamboriles saludaron sus primeros resplandores. Los relinchos de los caballos a la orilla del lago, los ecos de los groseros instrumentos, las voces de mando y los romances guerreros de aquellas alegres y animadas tropas, resonaban con extraordinario ruido entre aquellas breñas y precipicios, y los corzos y jabalíes huían asustados por las laderas con terribles saltos y bufidos. Semejante estruendo y algarabía formaba raro contraste con el reposo y silencio del castillo, cuyos caballeros, inmóviles como estatuas, reflejaban en sus bruñidas armaduras los tempranos rayos del sol. El ronco murmullo que se oyó entre ellos fué el de los salmos y oraciones matutinas que entonaron a media voz, de rodillas, con la cabeza descubierta, las lanzas y espadas inclinadas al suelo, y el rostro vuelto hacia el oriente. Concluído este acto religioso tornaron a su silencio y recogimiento ordinario, aguardando en actitud briosa la llegada del enemigo, que de momento a momento se acercaba, a juzgar por la distinción y claridad con que se oían sus instrumentos músicos. Don Álvaro pidió licencia para batir y registrar el campo, pero el comendador no se la otorgó, resuelto, a pesar de su ardimiento y cólera, a no romper él primero las hostilidades, conforme a lo acordado entre los templarios españoles; y temeroso por otra parte de que don Álvaro, sin escuchar más voz que la de su resentimiento, no se empeñase temerariamente. Otro caballero de más edad salió a la descubierta, y después de reconocer bien al enemigo y haber escaramuzado ligeramente con sus corredores, se volvió a dar cuenta a Saldaña de su expedición.
Mientras tanto las cejas de los montes vecinos se fueron coronando de montañeses que no cesaban en sus rústicas tonadas. Los gallegos se extendieron por la ladera más suave que se extiende hacia Bermés; y la caballería, a quien por la naturaleza del terreno y la clase del ataque no podía caberle gran parte de peligro ni gloria, se estacionó en la reducida llanura que corona la cuesta de Río Ferreiros, ocupando el camino único de Cornatel y cortando toda comunicación con Ponferrada. El conde apareció poco después, seguido de los hidalgos de su casa, montado en un soberbio caballo castaño de guerra, con riendas y arreos de seda azul, cuajados de plata, que el fogoso animal salpicaba de espuma a cada movimiento de cabeza. La armadura era del mismo color y adornos con una banda encarnada que la atravesaba, y el casco dorado remataba con hermoso penacho de plumas blancas y tendidas que se movían al leve soplo del viento. Venía, en suma, gallardamente ataviado en medio de su lucido cortejo, y su hueste entera le saludó con vivas y aclamaciones y con las sonatas más expresivas que melodiosas de sus gaitas y tamboriles. Saludó él también graciosamente con su espada, volviéndose hacia todas partes, y en seguida se puso a reconocer la posición con aquel ojo militar y certero que en muchas guerras le había granjeado fama de diestro y experimentado caudillo. Bajó paso a paso la cuesta de Río Ferreiros, cruzó el riachuelo entonces hinchado por las lluvias, y presto se convenció de que por aquella parte el castillo era inexpugnable, porque la naturaleza se había empeñado en fortificarle con horrorosos precipicios. Para mayor seguridad, sin embargo, situó un destacamento de caballería en el vecino pueblo de Santalla, con lo cual aseguraba de todo punto el camino de Ponferrada. Subió en seguida de nuevo el recuesto, y entonces decidió hacer su embestida por el lado de poniente y mediodía, donde la fortaleza presenta dos frentes regulares, pero defendidos entonces cuidadosamente con una fortísima muralla y un foso muy hondo.
Por respeto a los usos de la guerra, envió antes de comenzar el ataque un pliego a los sitiados comunicándoles las órdenes que tenía del rey, e intimándoles la rendición con amenazas y arrogancias empleadas adrede para exacerbarlos y empeorar su causa con la resistencia. Saldaña contestó, según era de esperar, que ninguna autoridad reconocía en el monarca de Castilla, como miembros que eran de una Orden religiosa sólo dependiente del papa; que de las órdenes de Su Santidad sólo obedecían la que les mandaba comparecer en juicio, pero no la que les desposeía de sus bienes y medios de defensa antes de juzgarlos, pues claro estaba que la había arrancado la violencia del rey de Francia; y, finalmente, que no habiéndose purgado el conde de la ruindad de Tordehumos, cometida en la persona de don Álvaro Yáñez, le advertía que no tratarían con él de igual a igual, y que a cuantos mensajeros enviase los recibiría como a espías de un capitán de bandoleros, y los ahorcaría de la almena más alta. Aunque el conde se esperaba semejante respuesta, los términos de menosprecio y denuesto en que estaba concebida, le hicieron rechinar los dientes de ira y le robaron el color de la cara. Lo peor del caso era que su conciencia le repetía punto por punto las injurias del comendador, y que con enemigo tan implacable y fiero no valían desdenes ni altanerías.
Comoquiera, pasado el primer impulso volvieron sus ordinarias y habituales disposiciones a su natural corriente, y, por último, se alegró ferozmente de aquel desafío a muerte, en que la superioridad numérica de sus tropas y el apoyo del rey, del pontífice y de toda la cristiandad parecían prometerle que llevaría lo mejor. Había recibido con siniestra alegría la nueva de la profesión de don Álvaro, porque de esta suerte él mismo se prendía en las redes que acabarían por perderle. Así, pues, gozoso de contar como por suyos a dos tan aborrecidos enemigos, se apresuró a trazar aquel mismo día las trincheras y señalar los puestos y cuerpos de guardia con gran tino y habilidad, para apretar aquel baluarte en que tan grandes esperanzas tenía puestas la Orden. En realidad, para cercar un castillo por su misma situación aislado, pocas fuerzas eran necesarias; para apoderarse de él era para lo que ocurrían inmensas dificultades.
Los gallegos comenzaron al punto a abrir las trincheras, y los montañeses de Cabrera, bajando de las crestas de la montaña que cae al mediodía del castillo, y amparándose de los matorrales y peñascos, protegían sus trabajos con una nube de flechas dirigidas con gran puntería. Acaudillábalos un hidalgo de aquel país, llamado Cosme Andrade, arquero y ballestero muy afamado, y la distribución y colocación que les dió fué muy atinada; pues apenas asomaba un sitiado le alcanzaba al punto una flecha. De ellos, algunos peor armados, cayeron pasados en claro y otros malheridos; pero los caballeros, con sus armaduras damasquinas, de finísima forja, nada tenían que temer de aquellas armas lanzadas a cierta distancia, y, sobre todo, mal templadas para atravesar sus petos y espaldares. En cambio, los ballesteros del castillo, cuando alguno de los enemigos se descubría, al punto lo convertían en blanco, y como no siempre los matorrales y retamas los escondían del todo, y por otra parte sus enormes coletos de destazado no los resguardaban bien, venía a resultar, como era natural, que recibían más daño. De todas maneras sus disparos incomodaban extraordinariamente a los del castillo, y a su sombra seguían las obras del cerco.
Todo aquel día corrió de este modo, sin que los caballeros hiciesen salidas ni ningún género de demostración hostil, y entrambos bandos pasaron la noche en sus respectivos puestos. Cornatel, envuelto en el silencio y las tinieblas, formaba vivo contraste con el campo del de Lemus, resplandeciente con un sinnúmero de hogueras en que asaban cuartos de vaca y trozos de venado como en los tiempos de Homero, y poblado de un murmullo semejante al de una inmensa colmena. El conde descansó poco en toda aquella noche y continuamente se le veía pasar de un corro a otro, como animando y prometiendo recompensas a sus gentes. Brillaban sus armas a la luz de las hogueras y su penacho blanco se revestía de un color rojizo, mientras agitado por un viento recio que se había levantado, flotaba semejante a un fuego fatuo en la cimera de su yelmo. Por lo demás, tantas lumbres encendidas por la ladera del monte arriba y cuyas llamas, ora vivas y resplandecientes, ora turbias y obscuras, según la humedad o sequedad del combustible, oscilaban a merced del viento con mil formas caprichosas, llenando el aire con los fantásticos festones del humo que despedían, formaban un espectáculo sumamente vistoso y sorprendente. La principal ardía delante de la tienda del conde, sobre la cual estaba enarbolada la bandera de los Castros, que también azotaban las ráfagas nocturnas, silbando por entre las rocas y árboles. Una porción de mujeres que habían seguido a sus padres, maridos, amantes o hermanos a aquella expedición, vestidas las unas con una saya blanca, un dengue encarnado al pecho y un pañuelo blanco a la cabeza, o con rodados obscuros, dengues y jubones del mismo color y un tocado de pieles negras, según eran de Galicia o de Cabrera, y una gran parte de ellas jóvenes y agraciadas, acababan de completar aquel cuadro, bullendo y agitándose por todas partes. A cierta hora, sin embargo, cesó todo movimiento, si no es el de los centinelas que se paseaban cerca del fuego, y un ruido acompasado como de martillazos con que algo se clavaba.
Saldaña, que con su vista de águila había seguido todo aquel día los pasos del enemigo, adivinando sus intenciones como si fuesen las suyas propias, estaba entonces en uno de los más altos torreones del castillo, acompañado del señor de Bembibre, no menos ocupado que él en observarlo todo atentamente.