—¡Per Baco! ¡Per Baco!—gritaba el alférez, punteando el compás con las palmas.
Beatriz postrose por fin como extenuada sobre el almohadón de terciopelo, junto a Ramiro. El perfume de sus ropas parecía más intenso. Leocadia se le acercó de rodillas, ofreciéndola el chocolate en una jícara de oro.
—No, tráeme un barro—la dijo Beatriz.
La criada ofreciole al punto, sobre una salvilla, los destrozos de un búcaro de Méjico que acababa de romper. La niña cogió un casquillo de aquella tierra comestible y, llevándoselo a la boca, comenzó a devorarlo, haciéndolo rechinar entre sus dientes. Otras amigas la imitaron.
Ramiro hubiera querido sustraerla a todas las cortesanías y alabanzas de los demás; sentíase receloso de cada palabra. Púsose a hablarla de sí mismo, de ellos mismos, recordando los días de la niñez. A una pregunta de la doncella, confiola rápidamente el compromiso que había contraído con su madre de partir en breve para Salamanca, a fin de completar sus estudios.
—Tengo por seguro—díjole entonces Beatriz—que vuesa merced ha de llegar a ser un gran sabio; pero no le alabo la afición; más bien sentara a su bizarría alguna guerra. Para mí, digo yo, un soldado vale mil bachilleres.
—Gloria no pequeña procura así mesmo el saber—repuso Ramiro.
—¿Cuál más grande para un galán que haber matado muchos turcos o franceses con la propia espada que lleva? Mi padre estuvo en una gran batalla en la mar. Mire vuesa merced al alférez que ha peleado mucho, pero mucho, y agora viene a danzar con nosotros, como si tal... Así quisiera ver a vuesa merced y aún mejor.
—¿Tanto admiráis al alférez?
—Es harto gracioso y valiente.