Tres doncellas y dos mancebos tañían ahora vihuelas de arco, un rabel y un clavicordio. Era una música que se entraba en las almas.

Ramiro sentíase como embriagado por vicioso licor y todo extraño, todo ajeno a sí mismo. Sus sentimientos familiares habían huido muy lejos, dejándole a solas con una imperiosa pasión surgida de pronto de algún silo del alma y ante la cual todos los instintos corrían a someterse cual humilde servidumbre. El no sabía lo que pensaba ni lo que iba a decir, y por eso mismo, palpó mejor que nunca ese obscuro fondo del ser, encima del cual, lo que él llamaba su sentimiento, su albedrío, su conciencia, no eran sino burbujas de un profundo hervor incomprensible. Dejose llevar.

La palabra de Beatriz le sorprendió:

—Cuán pensativo hase quedado vuesa merced. ¿Sufre malencolías?

Ramiro no quiso contestar.

—¡Ah! no. Será la herida aquella que harale daño a las veces.

—Esa ya cerró, Beatriz—replicó entonces el mancebo;—otra es la que agora vase reabriendo y haciéndome morir.

—¿Morir?

—Un regalado morir que es vida, pues si ansí no me matara, yo muriera.

—¡Ingenioso!...