—Exquisita llaga que me punza con sabrosos recuerdos.

Beatriz suspiró. La música exhalaba ilusoria frescura como un volar de espíritus ideales. Ramiro entreabrió sus labios con una sonrisa voluptuosa. De pronto, con voz muy queda, e inclinando el cuerpo hacia ella, prosiguió:

—Acuérdome agora de cuando me asomaba de noche a mi ventana, allá en la heredad. Todos en vuestra casa dormían, y vos mesma. Yo pensaba entonces que el escuro perfume de los jardines era vuestro aliento, ¡y mis pupilas, fijas en la altura, querían adivinar lo que sabían y aun saben de nosotros las estrellas!... ¡Yo os adoro, Beatriz!...

La niña suspiró otra vez, y Ramiro sintió que su manita buscaba la suya. Sus dedos se entrelazaron, se ciñeron apasionadamente.

—¡Cuán dichoso me siento!—balbuceó entonces Ramiro.—Decidme que apagaréis mis enojos y me amaréis de veras. ¡Ah! ¡Cuándo será que pueda llamaros mi esposa, mi Beatriz, mía! ¡toda mía!

Su aliento buscó la mejilla cándida de la doncella.

En este instante alguien nombró a Gonzalo de San Vicente y Beatriz oprimiole la mano para que le dejase escuchar. Pedro Valdivieso refería que el mismo don Felipe acababa de traer a su hijo, en nombre de Su Majestad, el nombramiento de Regidor.

Cuatro lacayos entraron en la sala con ocho candelabros encendidos y un momento después llegaba el dueño de casa con algunos señores. Doncellas y galanes se levantaron. Don Alonso llamó a su hija para que hiciese la reverencia a su pariente el señor Márquez de las Navas.

XXIX

Dos días después, Ramiro recibió de una vendedora de rosarios un favor de raso verde. Beatriz se lo enviaba. El no se atrevió a ponerlo en su gorra, como lo hacían otros galanes amartelados; pero decidió llevarlo consigo entre el jubón y la ropilla. Necesitaba, a su vez, de un intermediario seguro. Cohechar a doña Alvarez le repugnaba. Hizo llamar a Casilda.