La muchacha, bajando los ojos, escuchaba en silencio los mensajes e íbase a repetirlos sin quitar ni poner. De esta suerte llevó también una sortija de diamantes y trajo una muy señoril, con florentino sello burilado en una crisólita. Casilda fue excelente recadera, y, según andaba por todos los barrios, tomaba lenguas y destapaba secretos, aunque no lo buscase. Por ella supo Ramiro que los lacayos de Gonzalo de San Vicente hablaban a menudo con doña Alvarez; y que Pedro, el hermano menor, apenas se embriagaba en alguna taberna, poníase a gritar, dando puñetazos sobre las mesas, que así que Gonzalo llegara a casarse con la hija de don Alonso, él les daría, a uno y otro, de puñaladas, la misma noche de la boda.
Muy pronto, el día de Santa Rita y Santa Quiteria, debía Ramiro salir para Salamanca. Una vez allí, y al cabo de algunas semanas, comunicaría a su madre las disposiciones de su ánimo. Quizás al hallarse en aquella ciudad asombrosa, «pasmo del orbe», entre los vivientes dechados de piedad y sabiduría, su corazón le empujara irresistiblemente hacia la gloria espiritual de los soldados de Cristo. Pero si no era así, si su vocación no se revelaba de modo patente, estaba resuelto a tomar otra senda. Un cuantioso patrimonio, pensaba, iba a caer bien pronto en sus manos.
El corto plazo que le restaba dedicole especialmente a Beatriz. Rondaba en torno de su casa por la mañana y por la tarde. Veces veíala aparecer detrás de las vidrieras; veces, conviniéndose de antemano por intermedio de Casilda, salía de la ciudad e iba a sentarse sobre un canto, frente al lienzo de muralla que correspondía a su mansión, hasta verla asomar entre almena y almena.
La víspera de la partida Ramiro pasó más de una hora en aquel sitio, esperando que Beatriz apareciera sobre la torre. Reinaba un gran silencio. El galán no apartaba los ojos de la rugosa muralla, a cuyo pie la roca granítica, rebajada por manos inmemoriales, remeda el embate de un mar. La niña asomó, por fin; y algo blanco, un papel, un billete, comenzó a descender en el aire con vacilante ondulación. ¿Qué signos preciosos traerían para él aquellas alas mensajeras? ¿Cuál habría sido el acento escogido por su amada para poner un pedazo de su alma en la solemne despedida? Recibió el papel en el sombrero y lo abrió. Decía:
«Aun más de lo que os amo os amara si, en llegando a Salamanca, me escogieseis vos mesmo, en la tienda que llaman del Zamorano, una gallarda vihuela de lindo sonar. Quisiera viniese, luego luego, por medio de algún viajante, pues tengo harta necesidad. Dícenme que el cura de San Juan debe volver esta semana.
»Dichoso viaje, mi señor bachiller.
Beatriz.
»Hago escrebir este papel por la dueña, pues me he lisiado ayer un dedo, jugando en el huerto con los amigos.»
Doña Guiomar había puesto en movimiento a la numerosa servidumbre. Al día siguiente, de mañanita, todo estaba aparejado; y, llegada la hora, sacáronse a la calle, por la puerta principal, las acémilas cargadas, el cuartago para Ramiro y el macho rucio para el Canónigo, quien debía acompañarle hasta Castellanos de la Cañada.
Ramiro subió a despedirse de su abuelo. Don Íñigo se dejó besar la diestra como idiotizado; una nevada de ancianidad había caído de pronto sobre él, enfriando para siempre el último calor de su intelecto. Su chupado rostro estaba a trechos amarillo y a trechos moreno, como los limones que se resecan.