A su vez, doña Guiomar abrazó a su hijo esforzándose en sonreír bajo las lágrimas; y, para poder seguirle con la mirada, subió con sus doncellas a la torre del caserón.

XXX

«Hijo mío: Tardo eres ya en contestar a una madre que te quiere más que a sí. Hasta hoy, que es día de Pentecostés, no me han llegado otras nuevas que las que trajo de palabra el licenciado Carmona.»

Así comenzaba la segunda carta de doña Guiomar a su hijo.

Por fin, cierta mañana, un religioso carmelita, de regreso de Alba de Tormes, sacó ante ella, del hueco de la manga, el ansiado papel. Ramiro contaba primero su entrevista con el Rector del Colegio del Arzobispo, en cuyas propias manos había dejado todas las cartas que llevaba. Luego refería su previo ingreso a las Escuelas Menores.

«Es de maravillarse—decía—que, siendo aquí vieja costumbre atormentar a los nuevos con las más crueles invenciones, así que yo penetré en el claustro, mirando a todos muy ásperamente, la mano puesta en la guarnición de la espada y haciendo arrastrar a lo bravo la rodajilla, no hubo ninguno que osara menearse. No sé de qué suerte; pero todos conocen mi hazaña con los moriscos. Un barbudo estudiante díjome ayer que, desde que él viene a las escuelas, no tiene memoria de otro nuevo que haya escapado a los gargajos.» Luego agregaba: «¿Os acordáis, madre, de aquel capitán Antonio de Quiñones, que iba a nuestra casa? A ése le vi en Castellanos y quiso llevarme consigo a perseguir corsarios. Viendo mi resistencia, me dijo: «Mire vuesa merced que no le hizo Dios para fraile, sino para soldado. Cuidado no se equivoque, que le ha de pesar. En Cartagena le espero hasta el día de San Pedro y San Pablo.»

Era todo el contenido de la carta. Algún tiempo después llegó otra más breve, en que comunicaba tan sólo que en el Colegio del Arzobispo le exigían ahora las pruebas de limpieza de sangre. «Esto—agregaba—ha sido siempre de práctica con todos los que buscaron ingresar, y eso que están allí los mejores linajes de España. Pero ¿no bastaba, acaso, con saber mis apellidos y que soy hijo vuestro y descendiente de tan claros agüelos, para excusar toda probanza? En un principio asaltome el antojo de enviar los reposteros de mis mulas para que se enterasen de nuestros blasones. ¡Pero es fuerza acomodarse a la regla!»

Doña Guiomar le envió con un criado antiguo, en buena cabalgadura, un lacónico billete diciéndole que regresara cuanto antes, porque su abuelo se hallaba muy malo. En efecto: don Íñigo, consumido por un mal misterioso, pasaba terriblemente a mejor vida, con los labios estremecidos por incesante plegaria. Aquella triste carne, manando humores, anticipaba al sepulcro su trabajo siniestro. Una sutil fetidez se extendía por toda la casa. Las dueñas y los criados se apretaban las narices al pasar frente a la puerta del enfermo. Entretanto, doña Guiomar no se apartaba un instante de su cabecera, como si quisiese ofrecer al Señor la doble tortura física y moral que prolongaba para ella aquel cerrado aposento.

Ramiro regresó lo más pronto que pudo. Al entrar a la ciudad por la Puerta del Puente, uno de los guardas le dijo:

—Vuestra merced llega tarde. Ya se llevaron al agüelo.