—Eso no podría ser sin daño para mi honra—repuso brusca y nerviosa Beatriz.
Luego, como olvidando aquel pensamiento, prosiguió:
—Ciertamente Gonzalo es harto rendido. Cuanto más dura soy con él más parece desearme. Yo le quiero, le quiero de veras, Alvarez. En cambio Ramiro tan pronto se derrite como se enfada; hoy es arrope, mañana vinagre. Más orgulloso no lo hay. Yo no debiera pensar más en él y dar mi mano al regidor; pero ansí que cierro los ojos, le veo en mi mente con su lindo rostro tan pálido, la capa levantada por el estoque y la gran pluma negra que estila—agregó figurándola con el gesto al costado de su cabeza.—Nunca me acontece confundir sus pasos en la calle, cuando corro a la vidriera. Sus espuelas arañan las losas, tric, tric, tric, tric, y a veces la contera va dando contra el muro, tac, tac... Mi padre dice que Ramiro desciende de los linajes más antiguos y claros de Castilla.
—Tric, tric, tac, tac—remedó burlescamente la dueña.
—¡Licenciado no le quiero, pero si volviese aína de alguna guerra, con la jineta de capitán!
Don Alonso no perdió una sola palabra de aquel diálogo. Hubo un momento en que sintió el impulso de entrar en la alcoba e intervenir francamente en la plática; pero el temor de aparecer ante su hija como un hombre capaz de allegar el oído a la rendija de las puertas le contuvo.
Aquella misma tarde hizo llamar a Beatriz, y ordenándole reserva, refiriole con pulcras palabras la historia del nacimiento de Ramiro. En seguida, aludiendo a las pretensiones amorosas del mancebo, acabó por decir, con la mano en alto y la voz estremecida y solemne:
—¡Antes morir, hija mía, antes morir que mancillar nuestra clarísima sangre con sangre de moros!
V
Afuera, en la ciudad, torvo sosiego de siesta castellana.