La luz del mediodía arde rabiosa en los pétreos paredones, caldea los hierros, requema el musgo de los tejados.
Las calles están solitarias y mudas; pero, de tarde en tarde, la áspera voz de algún morisco, vendedor de legumbres, profana el monástico silencio, haciendo refunfuñar a más de un hidalgo adormido en la obscuridad de su alcoba.
Los gallos cantan roncos y soñolientos.
Ramiro recorre de un extremo a otro el destartalado salón.
—¿Qué ha sucedido?
El polvo señala sobre las paredes desnudas la marca vertical de los paños; y uno que otro clavo conserva aún hilachas y jirones de terciopelo turquí. Diríase que bárbaros instrusos han arrancado todos los tapices y antepuertas, con premura de saqueo, y quebrado hasta la última baldosa del piso al arrollar las alfombras y llevarse los muebles, no dejando otra cosa que una mesa florentina de ébano incrustada de marfil y una silla de roble.
La cuadra semeja un granero después de vendida la cosecha, y su olor habitual de vejez y de encierro se levanta aún más intenso de aquella desvastación.
Sin embargo, los antiguos retratos de los Aguila han sido suspendidos nuevamente de la pared.
Ramiro medita. Doble surco sombrío arruga su entrecejo. Su rostro está más enjuto, la frente más pálida, la nariz más aguileña; pero toda su persona conserva el boato de costumbre. Hermosa cadena reluce sobre sus negros vestidos de gorgorán. Espuelas de oro resuenan en sus tacones.
La fúnebre capa de catorceno ha sido plegada cuidadosamente sobre el respaldo de la silla.