Estaba dispuesto a errar sin descanso por el mundo, hasta llevar al cabo alguna empresa que hiciera resonar su nombre entre las gentes. Ya nada le ataba el albedrío. Ya era libre y señor; su madre había abandonado el mundo, dos meses antes, entrando al convento de San José, y acababan de enviarla, en compañía de otras novicias, a una casa de la Orden, en la ciudad de Córdoba.

Sentose ante la mesa.

El esquilón de la Catedral golpeó tres campanadas tranquilas.

—Las tres—se dijo,—y el paje no llega con la merienda.

Acordose entonces que no había podido entregarle dinero alguno, pues todo lo que restaba en su bolsa lo había invertido en el joyel de diamantes para Beatriz.

¿Cumplirían los perros genoveses la promesa de traerle los ciento cincuenta ducados?

La noche antes durmiose sin haber comido un solo bocado de pan desde la mañana; y los días anteriores, ¡si no hubieran sido el pernil y las berzas que trajo Casilda!

¡Otro día sin sustento! Ofrecería aquella nueva penitencia al Señor. El hambre era santa.

La puerta abriose de pronto, y Pablillos, vestido de viejo traje color de badana, entró de un salto en la cuadra, sosteniendo en sus brazos un cesto de mimbre repleto de alubias, nabos, cebollas, longanizas y uñas de vaca; una codorniz dejaba colgar hacia afuera su cabecita muerta.

—¿Cómo hubiste esas provisiones, muchacho?—preguntole Ramiro con sequedad, sospechando alguna trapacería.