—Guiado, señor, de las tres virtudes teologales del hambre, que son: ingenio, audacia y presteza—respondió el pícaro, remedando la gravedad de los doctores.
En ese momento, una débil aldabada en la puerta de la calle despertó los ecos del caserón.
—Son los genoveses—exclamó Ramiro.—Corre a abrilles, Pablillos. No puede ser otra gente la que llama a esta hora con tanta prudencia.
—Y mientras vuesa merced recibe a esos perros, yo pondré a guisar estos dones de nuestra redonda madre—replicó Pablillos; y se retiró por la galería columpiando la canasta encima de su cabeza.
Era hijo de una partera de Cádiz y de un famoso farsante zamorano; Ramiro le había tomado a su servicio en Salamanca. Cierto mediodía, al cruzar el largo puente del Tormes, viole sorbiendo sol, la espalda contra el pretil, los brazos en cruz y los ojos fijos en el cielo, como si esperara, cual otro San Pablo, ver bajar de las nubes, en el pico de un pájaro, el milagroso mendrugo.
La pinta era buena. Había estofa para un paje, Ramiro preguntole:
—Muchacho: ¿buscas amo?
Los ojos le rebrillaron y, quitándose la gorra, adelantose paso a paso, con el encogimiento ondulante y lloroso de los perros sin dueño.
Desde entonces, vestido de galas lacayunas, sirviole de criado, cursando él mismo en las Escuelas, pues era de aprovechada condición. Ramiro se le fue aficionando por la cínica destreza con que vencía o esquivaba las mayores dificultades, y, al despedir ahora a toda la servidumbre, quiso conservar a Pablillos, que, con el escudero y Casilda, eran los últimos puntales de su decadencia.
Oyose rumor de pasos en la galería. Alguien golpeó la puerta con los nudillos.