—Entrad—dijo Ramiro.
Y los genoveses se presentaron.
Eran dos prestamistas del antiguo barrio judío de Santa Escolástica. El uno, joven, con el cabello tuzado sobre la frente, facciones infantiles y enorme corpachón de verdugo. El otro, anciano, ojillos vinosos, nariz avarienta, y la piel del pescuezo cárdena y granulosa como el colodrillo de los pavos. El primero traía aretes de coral; el segundo, varias sortijas adornadas con las vistosas piedras que fabricaban en Venecia los margaritaios.
El viejo entregó un bolsillo de cuero henchido de monedas, diciendo:
—Su señoría puó contar. Son ciento cincuenta.
—No he menester—respondió Ramiro guardando el talego.
—Su señoría sabe—agregó el prestamista—que el último día de cueste año deberá dejar el palacio.
—Sí—respondió Ramiro secamente, y cruzó los brazos en silencio como invitando a los genoveses a que se retirasen.
El anciano escudriñaba todo el salón por ver si quedaba todavía alguna cosa olvidada, hasta que al distinguir los retratos meditó un instante y exclamó:
—Si su señoría quiere dar estas pinturas, le adelantaremos veinte ducados, y, después, si su señoría quiere habitar otro palacio se las ritornaremos por poco más.