Cuando Casilda regresó, Ramiro dormía profundamente. La muchacha contemplole un buen rato, temiendo quizá despertarle. Los cabellos retintos del joven dejaban caer dos lacios mechones sudorosos sobre la frente, los párpados estaban como aureolados de misterio, y sobre la palidez mate del rostro, el labio acentuaba su carminoso brillo. Casilda llamole:

—¡Mi señor! ¡mi señor!

La recadera traía malas noticias. Había seguido el procedimiento de costumbre, haciéndose anunciar por Leocadia; pero esta vez la señora no había querido recibirla.

—¿Pero supo—preguntó Ramiro—que yo te mandaba?

La muchacha respondió con una sonrisa.

—¿Subiste a sus cuartos? ¿Os vio?

—Viome harto bien, y yo mostré, desde lejos, el billete de vuestra merced; pero mandome decir que se estaba aderezando para salir al estrado, y que no podía en ese momento ocuparse de esquelas.

—¿Eso dijo?

—Eso, señor.

—¿Y no mandaste, al menos, el billete con alguna criada?