—¿Y si vuestra merced se enfadaba, luego, conmigo?

Poniéndose en pie, el mancebo repuso:

—Enfádome agora de veros tan necia.

Los ojos de la muchacha se enrojecieron, su mano estrujaba el rojo mandil. Ramiro, en vez de ablandarse ante aquella humildad, enfureciose mayormente. Tomó de un hombro a Casilda e hízola girar con violencia, gritando:

—¡Fuera de aquí la bellaca!

Ella corrió hacia la puerta, y oyose al pronto sofocado gimoteo que se alejaba por la galería.

¿Era posible que Beatriz no hubiera querido recibir su mensaje? El orgullo hízole buscar la explicación en su propia conducta. Pero ¿qué inconstancia, qué desvío podía reprochársele? ¿No le paseaba la calle todos los días, no iba luego a esperar fuera de la ciudad, frente al torreón de su huerto? ¿No le enviaba joyas, no la componía sonetos y endechas, como el más rendido de los amantes?

De cavilación en cavilación, dejó llegar la noche sin salir de la cuadra. Dos horas después de cenar, díjole al paje:

—Puedes irte a dormir.

—¿No ha oído vuesa merced—preguntó el muchacho—algo así como un rechinar de eslabones en la estancia vecina y unos golpecillos como de huesos?