Sólo cuando Ramiro advirtió, cierta mañana, que de todo el dinero que le pagara un morisco por las joyas y el rocín, quedábanle únicamente en la escarcela tres escudos de oro y algunos reales de plata, comenzó a barruntar los momentos de angustia que podían sobrevenir. ¿Qué hacer? No había para qué pensar, claro está, en un oficio mecánico ¡antes la muerte! y mucho menos en vivir de la bolsa de un menestral, como su amigo el espadero. ¿Qué hacer, qué hacer?
Al cabo de mucho cavilar, sólo dos soluciones quedaron en pie. Veces pensaba en irse a buscar una cueva entre los montes de los alrededores para imitar la santa vida de los anacoretas; veces en ir a reunirse con Gaspar de Avendaño, el golfín, que tan caballerosamente le ofreciera hacerle su segundo. Estaba resuelto a escoger uno ú otro camino; pero la vacilación era grande.
Por fin, decidiose a confiar su cuita al espadero, y éste prometiole hablar por él al Conde de Fuensalida, para que le recibiese como paje de su cámara, Ramiro sabía harto bien que el entrar al servicio de un señor tan poderoso como aquél y de sangre tan insigne, antes acarreaba lustre que desdoro, y aceptó.
Recibió la plaza de gentilhombre con el cargo de ayudar al repostero de plata. El tenía que traer la bacía de lavarse las manos, las toallas y el limón cuando el Conde se levantaba, y alcanzar asimismo la aljofaina, doblando la rodilla, según el ceremonial. Tocábale también ofrecer, sobre un azafate, la golilla y el lienzo de narices, acercar el orinal que presentaba el mozo de retrete, y sostener la cajeta de instrumentos cuando el cirujano curaba al Conde una antigua fuente del muslo.
En un principio, la existencia aparatosa de palacio sedujo su fantasía; pero más adelante, cuando tuvo que vestir la rotosa librea de un gentilhombre difunto, padecer un hambre perruna en medio de tanta grandeza y complicarse con los demás oficiales en las más ruines trapacerías para conseguir algún resto de manjar, viniéronle ímpetus de salir de Toledo y correr a los campos dondequiera que fuese. Para mayor desventura, tocole como compañero de cuadra un hidalgo andaluz, sucio y meloso como un gitano, y de quien los demás referían las más chocarreras historias.
En cambio, desde los primeros días sintiose atraído por el porte y la franqueza del escribano de raciones Alonso de Velasco, natural de Zamora. Cierta mañana Velasco hallole sentado en el escaño de un recibimiento con el rostro medio vuelto hacia el muro y la mano en la frente.
—¿Qué os sucede, señor del Aguila; filosofáis o dormís?—preguntole.
—Meditaba, señor Velasco—repuso Ramiro,—en los graves desengaños de este mundo, y que cuando yo era mancebillo daba por seguro llegar a ser algún día un Hernán Cortés o un Gonzalo de Córdoba; e agora he venido a parar en el más ruin y cuitado de los pajes. ¡Si mis ojos fueran capaces de llorar!
—¡Ah! yo pudiera haceros un gran señor—exclamó Velasco con las pupilas iluminadas por misterioso pensamiento.
—¿A mí?