—Sí; pero temo no guardéis el secreto como importa.
—¿Veisme acaso cara de moro?—respondió Ramiro con enfado.
—Pues bajemos a la plaza e os lo diré.
Cuando estuvieron sentados en un poyo frente a la Catedral, el escribano de raciones tomó primero la palabra y preguntó:
—¿Habéis oído hablar de la arte notoria?
—Sí; pero ignoro lo que sea.
—¿Pues qué diríais si de una sola vez, sin más que seguir durante un corto espacio las prácticas y devociones que cierto sabio os ha de prescribir, e sin haber menester libros, ni hacienda ni quebrantos, os vierais dueño de todos los secretos del rey Salomón e por ende sabidor del bien y del mal de todas las cosas, de los signos de los astros, del lenguaje de las animalias y os pudierais hacer invisible cuando os fuese conveniente, o ver a través de la tierra do corren las venas del oro e do se asconden las piedras preciosas; e hacer, en fin, en este mundo todo lo que vuestra alma e vuestros sentidos puedan codiciar, sin más ley que el antojo?
—Con una sola de las cosas que habéis dicho, señor Velasco—contestó Ramiro con sorna,—cualquier hombre se hiciera rey del mundo.
—¡Rey del mundo, rey del mundo... Raimundo!—musitó pensativamente su interlocutor.
—Que si alguno—agregó Ramiro completando su pensamiento—pudiera hacerse invisible a voluntad, no hubiera empresa que no fuese para él un juego de niños, y todos los ejércitos querrían tenerle por capitán y todas las naciones por emperador.