Su sangre se enardeció de nuevo, y su espíritu, inflado otra vez con el viento de la honra, volvió a soñar en los triunfos y loores de la vida y en todas las hazañas que él hubiera podido realizar por el mundo.
Hallábase una tarde del mes de Septiembre sentado sobre un alto peñasco, y meditando la idea de visitar en breve a su madre, cuando vio subir por la cuesta, sobre una mula parda, a un anciano enjuto y esbelto que agachaba la cabeza y miraba con singular atención hacia la gruta.
El hombre volvió a pasar a la mañana siguiente, mirando siempre con la misma curiosidad.
Por fin, un día en que Ramiro llegó a sentir de modo insufrible el tormento del hambre, el anciano misterioso acertó a pasar a la hora del anochecer, llevando por delante, sobre la silla, un cesto pequeño lleno de hogaza y una ristra de cebollas colgada del hombro.
Ramiro caminó hacia él, exclamando:
—¡Dadme, por Dios, una cebolla y un poco de pan!
El hombre prosiguió su camino.
Ramiro, entonces, con voz amenazadora y más fuerte, repitió:
—¡Por el amor de Dios, dadme un poco de pan!
Pero el desconocido, sujetando apenas la mula, contestó secamente: