—Mejor sería ir a ganalle con vuestros brazos. ¿Pensáis acaso que esa roñosa pereza borra crímenes y perjurios?
El se le cruzó en el camino, y asiendo con una mano el freno de la cabalgadura, levantó con la otra su crucifijo de bronce, repitiendo:
—¡Dadme, os digo, unas migajas, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo!
Entonces, el anciano, inclinó su cuerpo hacia adelante y, por toda respuesta, escupió dos veces con bárbara osadía la santa imagen del Redentor. Ramiro exhaló un grito de espanto. Su cuerpo vacilaba combatido por dos impulsos adversos. Por fin, corriendo con ímpetu a la cueva, cogió la espada y se vino derecho hacia el hombre, con la intención de darle muerte allí mismo. Pero al levantar la punta para hundirla en aquel pecho sacrílego, una voz recia y dominante, una voz que penetró en sus entrañas, le contuvo de golpe:
—¡Ah! ¡Ramiro, Ramiro, sólo falta agora que acuchilles al hombre que te engendró!
Al pronunciar estas palabras, el caminante quitose el ancho sombrero que llevaba, a fin de descubrir su cabeza y mostrar mejor todo el rostro. Ramiro experimentó profunda conmoción. Acababa de reconocer al misterioso personaje del arrabal de Santiago, al abnegado morisco que le había salvado la vida, dejándole después, como recuerdo, la valiosa daga sarracena.
—Sí, yo te engendré en la altiva doña Guiomar—prosiguió el anciano—y tu agüelo prefirió casalla en seguida con el viejo don Lope, en odio a mi raza y a mi creencia. Luego, allá en Avila, te di la vida por segunda vez, sacándote de entre las dagas de los creyentes; y fui expulsado de Castilla como traidor. Pero tú, Ramiro, me pagaste en buena moneda cristiana, faltando a tu juramento y entregando a la Inquisición a la infelice Gulinar y a Aixa, a Aixa la jarifa, a Aixa la santa, para que fuesen arrojadas a la hoguera, después de haberte curado y regalado con tanto amor como ellas te tenían!
Las lágrimas brotaron de sus ojos, y con voz temblorosa, exclamó por fin:
—¡Ah! No quiero maldecirte, porque la maldición de un padre es siempre escuchada por Alá...; no, no me atrevo a maldecirte...!
Con estas palabras agitó su mano izquierda hacia atrás, y taloneando fuertemente la mula, dejó caer al suelo toda la hogaza, desapareciendo en seguida entre los peñascos.