El escudero indicó con breve ademán que le siguiese.

Una vez en la cuadra del granero, mientras buscaba su talabarte, Medrano contó brevemente lo que pasaba. En la vecina heredad, Cerbero, el perrazo que servía de guardián en los portones, se había vuelto rabioso, mordiendo a un lacayo y escapando hacia el monte. Don Alonso se hallaba en Madrid y su hija había quedado con las dueñas, las cuales le mandaban llamar a toda prisa para que dirigiera a los gañanes en la caza del mastín. Ramiro tuvo un deslumbramiento súbito. Acordose de los caballeros donceles que en las historias descabezaban endriagos, vestiglos y fieros leones, redimiendo princesas, desbaratando encantamientos y maleficios. Al mismo tiempo el rostro de Beatriz cruzó por su imaginación.

Cuando el escudero iba a ceñirse la ancha espada de dos filos, él, sin pronunciar palabra, puso ambas manos en la empuñadura del arma, mirándole con expresión a la vez suplicante y resuelta. El antiguo soldado comprendió. Tomando entonces para sí la espada más fina, dejó la otra en poder de Ramiro. Luego, exclamando: «Vamos presto, que nos esperan», salió de la cuadra.

Llegaron a la mansión de don Alonso sin encontrar a nadie. Estaba toda cerrada como casa desierta; pero al pasar junto a la panera toparon con seis hombres armados de chuzos y horquillas.

El escudero repartió las órdenes. Cada cual treparía por un punto distinto del monte, y apenas divisase al animal daría tres fuertes voces de auxilio. A Ramiro apostole a pocos pasos de las cocinas, dándole un cuerno de caza y pidiéndole que no se moviera de aquel sitio.

Algo después, cansado de esperar, Ramiro comenzó a internarse también entre los árboles.

Muchos relatos, allá en la torre solariega, le habían hecho saber lo que era el peligro de la rabia y el pavor que esparcía por los pueblos y campiñas aquel hocico agazapado que iba sembrando el furor y la muerte. Se echaban todos los cerrojos, se recogían los gatos, los perros, los asnos, y mientras las mujeres encendían una vela a Santa Catalina y otra a Santa Quiteria, abogadas contra la rabia, los mozos salían al campo bravamente, armados de las herramientas filosas que iban hallando.

Ramiro avanzaba con rapidez saltando las peñas y los hatos de podas antiguas.

Las carrascas y los espinos no evitaban que el sol caldease con sus rayos la tierra pálida y enjuta, y un retostado perfume de cantueso, de estepa y de tomillo sahumaba el ambiente. Las flores de la retama surgían aquí y allá, entre los plomizos peñascos, haciendo brillar el oro de sus pétalos sobre el cielo de añil.

Ramiro jadeaba. El sudor bañábale el rostro.