Media hora después, una de las criadas de Beatriz veía entrar en el patio de la casa al nieto de don Íñigo trayendo en una mano una ancha espada toda roja de sangre y en la otra la cabeza del perro.

—¡Válame Dios y Santa Quiteria; ya le mataron!—exclamó la mujer.

Luego, mirando atentamente el sangriento despojo, agregó:

—¡Pobre Cerbero, y cómo me echaba las manos al pecho para lamerme en el rostro! Pero era forzoso acaballe, que can con rabia con su dueño traba. ¡Medrano ha sido el de la hazaña, de fijo!

—No fue Medrano.

—¿Y quién?

—Yo iba solo por el monte, y al pasar cabe un hato de leña, vile venir corriendo hacia mí. De una buena cuchillada hícele rodar como un bolo. Luego hachele el pescuezo.

—¡Virgen Santísima y qué barragán será cuando le crezcan las barbas!—exclamó la mujer, espantada de que aquel mancebillo hubiera dado muerte al terrible animal sin la ayuda de nadie.

Luego le pidió que le siguiera; pero Ramiro, acercándose a un portillo que abría hacia el campo, apoyó un momento la espada en el muro, y tomando el cuerno tocó tres veces con fuerza. Las tres largas notas repercutieron en los ecos de la montaña con un son legendario.

La criada fuele conduciendo por una serie de cuadras sombrías. Por fin, al llegar ante una puerta entornada, Ramiro oyó un coro de mujeres que invocaban plañideramente a Santa Quiteria y a Santa Catalina. Entraron. Un solo rayo de sol penetraba en la estancia tras una madera entreabierta. ¡Qué alarido el que estalló en la obscuridad cuando el niño alzó en el haz luminoso la sanguinolenta cabeza que goteaba sobre el tapiz! Una de las dueñas se derrumbó de espaldas, presa de brusco soponcio.