Una noche, después de haber trabajado hasta muy tarde, a la luz del candil, soñó que aderezaba la saya para sus bodas espirituales, bordando sobre briscada estofa los Nueve Coros angélicos y los símbolos de la Trinidad y de la Santa Eucaristía. De pronto parécele que la quitan la aguja de las manos. Un ángel pálido, y de rizos muy negros, reluce de súbito ante ella, y le ofrece una corona de lágrimas y alba vestidura formada de postillas de lepra que la envía Nuestro Señor, desplegando, en seguida, el velo nupcial, incorpóreo velo, sólo visible para el alma, un velo hecho de suspiros y sollozos de este mundo.
Rosa abre el postigo con delicada cautela, para no despertar a los que duermen, y sale de la casa, oprimiendo contra su pecho las flores que ha de ofrecer a la Virgen. Camina lentamente, agitando apenas los pliegues cándidos y simples de su túnica. Diríase que la poderosa fragancia la desvanece por momentos.
Tierno rubor enciende por encima de los tejados los ópalos de la aurora. Algunos techos de paja cuelgan hacia la calle como rubios cabellos humedecidos. Las puertas se abren, una a una. Al pasar junto a las rejas se aspiran monjiles sahumerios recién encendidos en los estrados. Aquí y allá, un brazo desnudo asoma sin rumor entre las celosías y riega los albahaqueros. Oyese la tímida canturria de las esclavas que lavan los patios y los zaguanes.
Rosa entra a la iglesia hollando con religioso respeto las losas sombrías. Dos hachas de cera arden en el fondo, junto a la capilla mayor. Su luz llorosa y vacilante hace entrever, dentro de negro ataúd, las manos entrecruzadas de un muerto y el amarillento sayal con que lo han amortajado. Ni una flor, ni una plegaria, ni un paño mortuorio.
La doncella se aproxima.
Un fraile dominico, con barba y sin tonsura, dormita a pocos pasos del féretro, sentado en un escaño. Rosa camina hacia él. El novicio abre entonces los ojos y murmura, como espantado:
—¡Vive Dios! ¡Con ella soñaba, y la veía venir con ese sayal, con ese velo, con esas flores!
Luego, reprimiendo su asombro, agrega dulcemente:
—El Señor os conduce, niña santa. ¿Qué labios podrán rezar mejor que los vuestros por el alma de este difunto?
—¿Quién era...?—pregunta Rosa, observando el rostro del muerto.